En los altos de Jalisco se cuenta que, hace muchos años, sus habitantes los huicholes no contaban con el fuego, y esto hacía su vida difícil: No había con qué calentarse en las noches de invierno en los confines de la sierra ni cómo cocinar sus alimentos. Hombres, mujeres, niños y ancianos, sufrían mucho. En esos tiempos, todavía no sabían cultivar la tierra y vivían dentro de cuevas o en los árboles.
Un día, el fuego se soltó de alguna estrella y cayó en la tierra provocando el incendio de los bosques.
Los habitantes de un pueblo vecino, que eran enemigos de los huicholes, se quedaron con una rama encendida y no dejaron que el fuego se apagara.
Organizaron un poderoso ejército encabezado por el tigre, y formaron grupos para cuidar celosamente que nadie les robara el preciado elemento; principalmente lo cuidaban de los huicholes. Varios de ellos que intentaron tomar el valioso tesoro, murieron víctimas de una lluvia de flechas.
En una reunión de animales, celebrada dentro de una cueva, el venado, el armadillo y el tlacuache, quienes eran amigos de los huicholes, se preguntaban qué podían hacer para llevar a sus amigos el valioso tesoro, pero no llegaban a ningún acuerdo. Entonces, el tlacuache, que era el más pequeño de todos, propuso:
—Yo voy por el fuego.
Todos se rieron de él. Y el venado le dijo:
—¿Cómo piensas hacerlo? Eres tan chiquito, tan insignificante…
El tlacuache, muy orgulloso, contestó:
—No se burlen, ya verán como cumplo mi promesa. Sólo les pido que cuando llegue me ayuden a alimentar el fuego para que no se apague.
Una noche, el pequeño animalito salió de la cueva y se acercó a las viviendas de los enemigos de los huicholes, se hizo bolita y esperó. Pasó una semana completa sin moverse, hasta que los habitantes del pueblo aquel se acostumbraron a su presencia. Al séptimo día, cuando aún no amanecía, el tlacuache vio que todos los guardias dormían, sólo el tigre se mantenía despierto.
Poco a poco y con mucho cuidado se fue acercando al fuego hasta que estuvo tan cerca que pudo meter su cola en la lumbre. Una vez que se encendió su cola se formó una enorme llama que iluminó el campamento, y el tlacuache echó a correr.
Al principio, el tigre creyó que la cola del tlacuache era un leño; pero cuando lo vio correr empezó a perseguirlo. Éste, al ver que el tigre le pisaba los talones tomó una rama, la prendió con el fuego de su cola y la guardó en su marsupio o bolsa.
El tigre lo buscó durante varios días hasta que lo encontró descansando, con las patas apoyadas sobre una peña, disfrutando del paisaje. Furioso, se lanzó sobre de él.
—Pero, ¿por qué tan enojado? —preguntó con aire inocente el tlacuache— ¿no ves que estoy sosteniendo el cielo para que no nos caiga encima? Mejor quédate en mi lugar mientras yo voy por alguna rama grande para detener el cielo.
El tigre creyó la historia. Se colocó en el lugar que ocupaba el tlacuache mientras este salió disparado.
Pasaron las horas y el tigre ya se había cansado. Y pensó:
—¿Qué andará haciendo este tlacuache que no viene?
Siguió esperando, sin moverse. Pronto ya no pudo más. Se levantó con mucha cautela del lugar, esperando que en cualquier momento se le viniera el cielo encima. Cuando se dio cuenta que no pasaba nada, que todo seguía en su sitio, supo que, por segunda vez, el tlacuache lo había engañado.
Enfurecido, salió a buscarlo. Lo halló comiendo granitos de maíz en la cima de una roca.
En cuanto el tlacuache lo vio venir hizo como que contaba los granos y se apresuró a decirle:
—¡Mira lo que encontré! ¡Muchas monedas! Con ellas podemos comprar quesos que venden en aquella casa que está abajo.
—¿Pero cómo llegaremos? Está demasiado lejos —dijo el tigre.
—Es fácil. Sólo tenemos que saltar. Yo lo he hecho varias veces sin que me pase nada —dijo muy convincente el tlacuache.
El tigre se quedó un momento pensativo y agregó:
—Está bien, pero saltaremos juntos. Esta vez no me vas a engañar.
Mientras el tigre recogía granos de maíz pensando que eran monedas, el tlacuache aprovechó para encajar su cola en una grieta de la roca, sin que el otro se diera cuenta.
El tigre y el tlacuache se pararon en la orilla de la gran roca, contaron hasta tres y saltaron. El tlacuache saltó, pero no se movió de su sitio, pues tenía la cola encajada. El tigre, en cambio, saltó tan alto que voló derechito hacia la luna.
Finalmente, el tlacuache llegó al lugar donde estaban los otros animales y los huicholes. Allí, ante el asombro y la alegría de todos sacó de su bolsa la rama encendida.
Inmediatamente, formaron una hoguera con ramas secas. Cuidaron y alimentaron el fuego hasta que se formó una brillante llama.
Después, curaron las heridas del tlacuache, este generoso animal que tantas accidentadas aventuras pasó para llevarles el fuego.
Desde entonces, los huicholes disfrutaron de los beneficios del fuego y los tlacuaches perdieron para siempre el pelo de su cola; pero viven contentos porque saben que dieron una gran ayuda al pueblo.
En cambio, se cuenta que el tigre fue a dar a la luna; por eso, cuando hay luna llena, podemos ver su sombra con el hocico abierto.
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