—¡Me estoy muriendo de hambre! —le dije a mi hermana mayor mientras nos dirigíamos a casa de mi abuela. Habíamos desayunado muy temprano y debíamos esperar hasta llegar a su casa para poder comer, cuando no como me pongo de malas ¿a ti no te pasa?
Del otro lado de la calle se encontraba un señor con una canasta llena de dulces tradicionales, entre ellos unas barritas de amaranto, o mejor dicho, alegrías.
—¡Mira! ¿Por qué no me compras una? —le dije a mi hermana. Nos paramos a comprar tres alegrías y después continuamos nuestro camino bajo el sol.
—El otro día leí que los astronautas usan el amaranto como super alimento mientras están ¡en el espacio!, a que no lo sabías —comentó mi hermana un tanto presumida, le respondí que no.
—¿Y sabes por qué? —preguntó.
—¡Ya te dije que no! —le contesté un tanto desesperada y acalorada.
—Pues porque tienen nutrientes necesarios para que un ser humano pueda vivir fuera del planeta, pero eso tú no lo sabías porque sigues siendo una chiquilla.
Cuando por fin llegamos con la abuela, fuimos recibidas con unas quesadillas con quelites.
—Que bueno que hay quesadillitas, esta niña se enoja cuando le da hambre —dijo mi hermana y luego interrumpí diciendo que veníamos hablando del amaranto, por lo que mi abue respondió:
—Es buenísimo hija, yo lo comía mucho después de aliviarme de su madre y de sus tíos, me ayudaba a tener suficiente leche, siempre han sido bien comelones todos—. Comenzamos a reírnos todas mientras le ayudábamos a poner la mesa.
Cuando terminamos de comer, mi hermana sacó de su bolsa las barritas que habíamos comprado.
—Por cierto abue, compramos unas alegrías de postre —le dijo.
En realidad las alegrías son las favoritas de la abuela, así que su expresión se iluminó al ver el regalo.
—¿Ya les he dicho cómo se dice en náhuatl, amaranto? —preguntó mientras abría la envoltura de su barrita.
—¡No! —contestamos al mismo tiempo mi hermana y yo.
—Se dice huautli —dijo antes de dar la primera mordida a su postre tirando unas cuantas semillas en la mesa.
Veía a mi abuela tan contenta que sentí un calorcito en mi corazón.
—Me pregunto ¿porque le dirán alegrías?—, mi abuela me respondió, —yo me sé una historia que me contaron cuando era niña y que ha pasado de generación en generación. ¿Quieren que se las cuente o las voy a aburrir?—, por supuesto que mi hermana y yo quisimos escuchar, así que mi abuela comenzó.
Fuego, humo, aquel día todo era gris, la casa de adoración del dios azteca del sol y la guerra, Huitzilopochtli, se encontraba completamente en llamas, la gente corría, hombres y mujeres eran perseguidos por seres monstruosos con cuerpos mitad metal y mitad animal, lo peor es que una de sus extremidades escupía fuego y derramaban sangre sin el permiso de los dioses.
Desde el momento en que abrió los ojos aquella mañana, Huautli tuvo una extraña sensación en su pecho, como si algo terrible estuviera a punto de pasar, sin embargo no se detuvo mucho a pensar en ello, quizá aquella sensación se debía al mal sueño que acababa de tener.
Su ánimo cambió cuando recordó que aquella tarde, se daría un tiempo después de recoger la miel que necesitaba para poder preparar la comida con su madre y así poder ver a Tzoalli, un joven guerrero al cuál había conocido en la última veintena, una de las tantas fiestas que se hacían al año.
—No tardes tanto, Huauhtli —dijo su madre, —y no te comas antes la miel, que será necesaria para la preparación de nuestra ofrenda—, afirmando con la cabeza Huautli salió y una vez que tuvo la miel en sus manos se dirigió directamente al viejo encino, aquel gran árbol sagrado que se ubicaba justo en frente del adoratorio a Huitzilopochtli. Se sentó detrás del gran tronco y tomó unas buenas bocanadas de aire para poder calmar un poco esos nervios, que le causaba el calor que sentía en su corazón por aquel encuentro con el joven guerrero.
—¡Huautli! —escuchó a lo lejos y al voltear pudo ver aquel joven acercándose, pero su aspecto se veía alterado, algo cansado y sudado. —La profecía se ha cumplido pero no es como nos la habían dicho, han llegado unos seres con forma humana y sobre unas bestias, han comenzado a derramar sangre de nuestra gente, vienen para acá en este momento ¡debes irte Huautli!, ¡debes irte de aquí! —le decía aún muy agitado.
En aquel momento recordó su sueño y antes de poder contestar, se escuchó un tronido similar a un rayo sin que el cielo siquiera estuviera nublado. Tzoalli tomó de la mano a Huauhtli y corrieron en dirección al río para poder ocultarse. El sonido de los truenos continuaba y eran acompañados de gritos y llantos, además del calor que comenzaba a sentirse debido al fuego que se extendía en toda su aldea.
De pronto Tzoalli cayó al piso, al parecer uno de los truenos le había dado en un costado, Huautli lo acomodó sobre su espalda y caminó al río para poder buscar un refugio, esperando a que aquella masacre acabara pronto. Antes de que Tzoalli se desvaneciera, pasaron toda la noche ocultos, haciéndose compañía.
Huauhtli cantó mientras veía cómo el espíritu de aquel joven partía al mundo de los muertos, el Mictlán. Una vez que sólo quedaba su cuerpo junto al de ella vació parte de la miel para volver a llenar su recipiente con aquel rojo carmín que salía de Tzoalli.
Poco antes del amanecer volvió cuidadosamente a su comunidad, ya no se escuchaban gritos, sólo risas graves que provenían de un grupo de seres de forma humana pero con cuerpos toscos y plateados. Sin que nadie la viera, se dirigió al que había sido su hogar y dentro de lo poco que ahí quedaba se posó en el piso y comenzó a mezclar las semillas de amaranto que habían sobrado de aquella catástrofe, con la miel carmín de Tzoalli creó una pasta con la que pudo formar la figura de aquel joven guerrero.
Después fue al viejo encino que continuaba emanando calor, ya sin sus hojas y sin el verde que mostraba su gran vida y valor. Ahí entre las ruinas del adoratorio a Huitzilopochtli y los restos del encino, le pidió aquel dios que aceptara su ofrenda, esa pequeña figura de amaranto en forma de guerrero, a cambio de que aquel sabor persistiera a través de los años para dar fuerza a todos aquellos que poseyeran sangre indígena, y al mismo tiempo les causara alegría a los invasores para que pudieran llegar a vivir todos en paz como antes de aquella profecía.
—Pues creo que tu historia tenía razón, comer esta alegría mientras te escuchaba, me quitó el enojo y animó a mi corazón —le dije mientras saboreaba mi último bocado.
—Pancita llena, corazón contento —dijo mi abuela sonriendo. —Ahora lávense las manos, que vamos hacer unas ricas galletas de plátano con amaranto.
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