En busca del maíz

 Cada que bebo atole no puedo evitar acordarme de mi abuela, en realidad nunca he bebido ningún atole con un sabor similar al que ella solía preparar. Aún tengo recuerdos de ella cuando yo era tan sólo una niña, pasábamos todo el día repartiendo mazorcas de maíz a las personas del pueblo, sin contar ni cuestionar, a cada persona se le entregaba la cantidad de maíz que en los brazos le cupieran.

Me encantaba ese aroma, la textura, ese calor que causaba en el corazón cada trago de atole, pero sin duda, podría confesar que lo que más me gustaba de esa época, eran aquellas charlas con mi abuela mientras lo preparábamos.

—¿Qué es eso? ¿Y porque se debe moler? ¿Para qué se le echa eso al atole?, —le preguntaba siempre sin parar a mi abuela, una duda tras otra, —¿Tortillas también? ¿Cómo pintan las tortillas para que haya de varios colores?—, vaya que me tenía paciencia, ya que siempre con una tierna sonrisa me contestaba todas mis preguntas.

—Me encanta tu entusiasmo, hijita. Verás, existen 64 tipos de maíz de los cuales 54 son nativos de México, —comentaba ella con la calma con la que siempre me respondía. —Para nosotros es importante el cultivo del maíz, tanto que hasta hacemos algunas fiestas en torno a la época de la siembra, como por ejemplo, la fiesta del maíz tostado que se realiza aquí en el pueblo—.

—A mí me gusta esa fiesta y también me gusta el maíz, me gusta comerlo con limón, en tortillas o en el atole que tú preparas, —le decía a mi abuela mientras ella pelaba la mazorca.

—¿Recuerdas que significa milpa? —me preguntó.

—¡Sí!, significa sembradío —contesté contenta en aquella ocasión.

—Así es, se le dice así porque no sólo se cultiva maíz, sino otros alimentos como chile, calabaza, frijol…

 Y antes de que siguiera con la lista, la interrumpí respondiendo animada —¡y jitomate!—, haciendo a mi abuela reír.

—Así es, porque a ver, si sólo se cultiva maíz ¿cómo se le llama?— volvía a preguntar poniendo a prueba mi memoria.

—¡Maizales! —grité mientras sacudía unas cuantas hojas de elote con mis manos.

—Así es mi niña, algún día vas a ser una gran guardiana del maíz, así como tu abuelo y yo—. Así pasábamos las tardes, yo preguntando y ella contestando.

Un buen día mientras ella separaba las mazorcas que dejaría en casa, antes de salir a compartir las demás con las personas del pueblo, le hice una pregunta que en realidad nunca le había hecho con anterioridad a nadie de mi familia, —¿Cómo conociste al abuelo?

Ese día ví un brillo en sus ojos y a pesar de que tenía la mirada fija siempre en la mazorca que iba seleccionando, sus expresiones eran suficientes para darme a entender la sensación que tenía, mientras trataba de expresar todo aquello con palabras

—¿Alguna vez han escuchado esa frase de que los ojos son la ventana del alma?... pues a mí me quedó claro aquel día. 

Mi abuela se detuvo y me invitó a sentarme a un lado de ella, mientras bebíamos un poco de atole comenzó a contar su historia:

—Una tarde cuando yo era joven, llegaron las hormigas a avisarle a mi padre que había un muchacho cruzando la montaña, cuya intención era aprender a cosechar el maíz, así que mi padre sin dudarlo le pidió a las hormigas guardianas del maíz que lo escoltaran hasta nuestro hogar.

La mañana siguiente, al notar la demora, mi padre decidió ir personalmente, era como si hubiera estado esperando a ese joven desde tiempo atrás, así que se transformó en un ave para no tardar tanto. El muchacho a causa del hambre y el cansancio y al ver a mi padre volando hacia él, preparó su arco y sus flechas que era lo único que poseía, pero justo antes de que le pudiera disparar, mi padre comenzó a hablarle.

Aquel joven se detuvo de la impresión de escuchar a un ave hablar, luego mi padre le pidió que se calmara, le explicó que él era el dios del maíz y le pidió que lo acompañara a su casa, el joven un tanto confundido aceptó y comenzó a seguirle. Antes de ofrecerle un espacio en donde pudiera descansar, llamó a mis hermanas y también a mí, para poder presentarnos con nuestro nuevo invitado.

Al principio aquel joven no me había causado ninguna inquietud, si puedo ser sincera contigo. Él era un aprendiz del maíz que sólo conviviría con nosotras mientras aprendiera todo lo posible para una cosecha exitosa y poder así compartir con su pueblo sus nuevos conocimientos, pero percibía en su mirada un brillo diferente que no aparecía cuando hablaba con alguna de mis hermanas.

Así que tiempo después le confesó a mi padre que estaba interesado en casarse conmigo, mi padre aceptó y una vez casados tuvimos que cruzar la montaña para llegar a su pueblo y así poder enseñar a su gente como cosechar el maíz. Los primeros días tuvimos que pasar las noches en el lugar dedicado a los dioses, donde mi padre hizo brotar del piso ¡tantas mazorcas como para una temporada completa!, como obsequio por nuestro casamiento —concluyó su historia mi abuela. 

Después me dijo que a partir de ese momento, fue que ella comenzó a repartir el maíz a todas las personas, además de compartir todos sus conocimientos sobre el cómo se debía cosechar, crear y preparar una gran variedad de alimentos. Incluso recomendó a los pobladores que prendieran fuego a un lado de las milpas, para poder ahuyentar a los muchos animales ladrones que se habían enterado de la gran variedad de maíz, y trataban de robar el regalo de los dioses.

—¿Entonces el bisabuelo era el dios del maíz? —pregunté sorprendida en aquel momento.

—Es, mi amor, aún lo es —me respondió ella con una sonrisa cálida.

Un día cuando ya era mayor, al volver a casa después de checar como iba la milpa, vi reunidos a los abuelos del pueblo, entre ellos el mío que al verme me pidió me acercara a él, me ofreció una bebida dulce y un tanto espesa. 

—¿Qué te parece, hija, te gusta? —afirmé con la cabeza acompañada de una sonrisa. 

 —Eso que sientes en tu corazón cada que pruebas esta bebida es tu abuela abrazándote, ha cumplido su misión de ayudarnos a trabajar con el maíz y ha partido en forma de atole para acompañarnos en cada sorbo de esta bebida. Ahora seremos nosotros los que enseñen a las personas a cosechar y conservar todo lo que ella nos compartió—.

 Al final mi abuela tenía razón, me convertí en una guardiana del maíz, ayudando a mi abuelo, siendo cada vez más fuerte y aprendiendo algo nuevo con relación a la siembra cada día. Así he podido compartir entre todas las personas del pueblo, el resultado del trabajo que hacíamos en colectivo. En las fiestas me encargo de hacer el atole que me enseñó mi abuela, y con cada sorbo puedo sentir como me abraza con el calor de su amor.

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