Con arte wixárika adornan 45 instrumentos

 https://www.milenio.com/cultura/con-arte-wixarika-adornan-45-instrumentos

El Sol de San Luis

 


El Folklore Mexicano

 http://www.historiadelasinfonia.es/naciones/la-sinfonia-en-mexico/el-folclore-mexicano/

Las Gasas - Arte Textil Nahua

 https://www.culturaspopulareseindigenas.gob.mx/pdf/libros/Las_gasas_digital.pdf

Día de Muertos


 

Folleto Ballet Folklórico Universidad de Guadalajara

 https://balletfolcloricoudg.mx/pdf/Programa%20de%20mano%20Baller%20Folclorico%202021.pdf

Revista Interamericana de Educación de Adultos

https://www.redalyc.org/pdf/4575/457545094006.pdf

"Somos México" en México

 Desde el 2011 decidí hacer un grupo de danza de folklor mexicano en Bogotá, en Colombia, al que llamé Agrupación Folklorica Somos México, y con la ayuda de varios amigos empecé esta travesía que me trajo muchas experiencias gratificantes. Una de estas fue el haber participado en la convocatoria distrital de Idartes, Instituto Distrital de las Artes de Bogotá, para el concurso de danzas del mundo en el año 2017, donde diferentes agrupaciones de danza audicionan para ser seleccionados como las mejores agrupaciones de la ciudad y así participar en los diferentes festivales que ofrece el distrito en ese año; en esta ocasión mi agrupación fue la ganadora del primer puesto con una propuesta escénica del estado de Jalisco. Esta victoria nos generó un reconocimiento económico y como tal nos abrío una maravillosa oportunidad de poder viajar a México con mi agrupación.

Desde hace varios años, el director del Ballet Folklórico Xochiquetzal, del Instituto Potosino de Bellas Artes, me había hecho la invitación para ir a San Luis a bailar con mi grupo, pero debido a cuestiones económicas no había sido posible, a raíz de haber ganado la convocatoria distrital y tener un ingreso decidimos aceptar la invitación y organizar el viaje para ir con varios de los integrantes del grupo a San Luis y ser los invitados especiales para la presentación de gala del aniversario 44 del ballet.

Para mi como director de la agrupación, y como colombiano, me generaba una gran responsabilidad y un compromiso muy grande con mi grupo el hecho de venir a bailar folklor mexicano siendo colombianos, pero me queda la satisfación de que los comentarios sobre la presentación del grupo fueron muy buenas e incluso tuvimos muchos elogios de como teníamos un trabajo de muy buena calidad; me quedará en la memoria las palabras de mi maestro Huemantzin Lopez cuando al terminar la presentación me felicitó y me dijo: "Pues ustedes bailan folklor mexicano mejor que muchos mexicanos". 

III Festival Internacional de Danza en Cuidad de México

 Fue en el año 2006 cuando fuimos invitados a un festival de danza en la ciudad de México. Dos años atrás ya habiamos estado en México pero no precisamente en un festival, estuvimos como invitados especiales para la celebración del aniversarío de una agrupación de San Luis Potosí, pero en esta ocación fue diferente ya que habían 5 delegaciones diferentes: estaba la delegación anfitriona, la delegación de México, estaba la delegación de Brasil, delegación de Paraguay, delegación de Republica Checa y nosotros que representabamos a Colombia.

Definitivamente es una experiencia única el tener la posibilidad de compartir con personas que vienen de diferentes partes del mundo, que incluso hablan diferentes idiomas, pero que nos reune el gusto y el amor por la danza; donde cada uno comparte su conocimiento y sus tradiciones a los demás y donde tienes la posibilidad de aprender de las otras culturas, y donde tienes que recurrir a muchas herramientas para poder hacerte entender por las cuestiones del idioma. 

Mi primer viaje a México

 En el 2004 fue invitado el grupo del que hacia parte, Danzas de Colombia Ballet Andino, al 30 aniversario del Ballet Folklórico Xochiquetzal a la cuidad de San Luis Potosí; en ese entonces tenía 17 años, estaba en la universidad estudiando ingeniería mecatrónica y nunca había salido del país, para mi fue una experiencia inolvidable en muchos aspectos, tuve la gran fortuna de conocer México, compartir con personas maravillosas y conocer una cultura tan espectacular que desde ese momento no he dejado de amarla, tanto así, que dejé mi familia, mi pareja, mi perro, mis amigos, mi trabajo y demás cosas que tenía en Colombia por venir a estudiar danza folklórica mexicana. 

Este momento de mi vida y el hecho que esté en este ahora viviendo en Puebla y haciendo lo que hago se lo debo a ese evento que me marcó muchísimo y que de cierta manera partió mi vida en dos, antes y después de conocer México.

Refranes Mexicanos

  1. Lo cacharon con las manos en la masa
  2. Cuando el hambre entra por la puerta, el amor sale por la ventana
  3. Para chuparse los dedos
  4. Si así como comes trabajaras…
  5. Para todo mal mezcal, para todo bien también
  6. No sirvas el chocolate caliente porque se suelta el tragadero de pan
  7. Estoy como agua para chocolate
  8. Una sopa de tu propio chocolate
  9. “Que tan santo sera el chocolate, que de rodillas se muele, juntando las manos se bate y mirando al cielo se bebe”
  10. Si como lo meneas bates, ¡qué rico chocolate!
  11. El que tiene más saliva, traga más pinole
  12. Comida sin chile no es comida
  13. Cada quien escoge el tamaño de la cebolla con la que va a llorar
  14. Más vale llegar a tiempo que ser invitado
  15. Mientras son peras o manzanas
  16. No entendí ni papa
  17. Este hueso es duro de roer
  18. Le hizo de chivo los tamales
  19. Barriga llena, corazón contento
  20. Al hombre se le conquista por el estómago
  21. Los hombres y las gallinas, poco tiempo en las cocinas.
  22. Se le están quemando las habas
  23. Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente o amanece en un cóctel
  24. Hay que medir el agua a los camotes
  25. Hasta al mejor cocinero se le va un tomate entero
  26. No hay de queso, nomas’ de papa
  27. La comida de hoy, empuja a la de ayer
  28. Olla que mucho hierve, sabor pierde
  29. Solo la cuchara sabe lo que hay al fondo de la olla
  30. No se puede chiflar y comer pinole al mismo tiempo
  31. El que nace para tamal del cielo le caen las hojas
  32. Del plato a la boca, se puede caer la sopa
  33. Nunca falta un negrito en el arroz
  34. Solo la cazuela sabe los hervores que se guarda
  35. A todo se acostumbra uno menos a no comer
  36. A darle que es mole de olla
  37. De lengua me como un taco
  38. Le echas mucha crema a tus tacos
  39. Vamos a echar un taco de ojo
  40. A falta de amor, unos tacos al pastor
  41. Después de un buen taco, un buen tabaco y después del tabaco, un agasajo
  42. En la forma de agarrar el taco se sabe quién es tragón
  43. A cualquier taco le llaman cena
  44. Yo de esta dura no me hago un taco
  45. El taco ajeno es el más bueno
  46. Cuando tu vayas por la leche yo ya me comí el jocoque
  47. Tiene pompas de cebolla, están para llorar
  48. Ahora es cuando chile verde, haz de darle sabor a mi caldo
  49. Chiquito pero picoso
  50. Cásate con una que sepa cocinar, la belleza se acaba pero el hambre no

La Tortuga y la Hormiga

 En un pozo, una Tortuga
a cierta Hormiga decía:
-En este mísero invierno,
dime ¿qué comes, amiga?

– Cómo trigo, le responde,
y maíz y otras semillas,
de las que dejo en otoño
mis bodegas bien provistas.

-¡Ay! ¡dichosa tú! exclamaba
la Tortuga, muy fruncida:
¡Qué buena vida te pasas!
¡Qué bien te tratas, vecina!
Mientras yo ¡pobre de mí!
en este pozo metida
todo el año, apenas como
una que otra sabandija.

-Pero en ese largo tiempo
¿qué haces?, pregunta la Hormiga.
y la Tortuga responde:

-Yo, a la verdad, día por día
me estoy durmiendo en el fondo
de este pantano o sentina,
y es raro verme, en el suelo
arrastrando la barriga.

-Pues entonces no te quejes,
le contesta la Hormiguilla,
de las hambres que padeces,
ni de tu suerte mezquina;
porque es ley muy natural,
al mismo hombre prevenida,
que al ser que nunca trabaja,
la penuria lo persiga.

El mono y el cazador

Un Mono, cierto día,
hallóse un calabazo,
y no tuvo embarazo
en ver lo que por dentro contenía.

Desde el primer momento,
lo escudriñó, atrevido;
lo sonó, y, decidido,
le introdujo la mano con gran tiento.

De pan duro un gran trozo
encontró desde luego;
y de codicia ciego,
lo asió con fuerza, trémulo de gozo.

Mas ¡ay! en grave susto
se trocó su alegría,
cuando vió que salía
del bosque un Cazador fiero y adusto.

Quiso escapar, y en vano
el pobre lo intentaba;
pues el pan no soltaba,
y así entregóse por su propia mano.

El Cazador, prudente,
ató al mísero Mono;
y éste, con triste tono,
le dijo: Haces muy bien; soy delincuente.

Así, franco y sereno,
sufrir debe su pena con paciencia,
aquel a quien agobia la conciencia
por empeñarse en retener lo ajeno.

La espada y el sombrero

-¡Qué no me ves, compañero,
qué guapa y qué noble soy?
Siempre lado a lado voy
del rey y del caballero .
.
Una espada muy ufana
así a un sobrero decía.
Él replicó; Amiga mía,
poco a poco, no seas vana.

Yo tengo mayor nobleza,
y nunca hablo tan hinchado:
El rey me lleva, no alIado,
sino puesto en la cabeza.

Conozco, clamó la Espada,
tu nobleza y cortesía;
mas no tienes valentía,
en eso no vales nada.

Yo castigo al delincuente;
del noble guardo el honor;
al cobarde doy valor
y defiendo al inocente.

Gloria doy en las campañas;
en la ciudad, brillantez;
y el militar, honra y prez
adquiere con mis hazañas.

A todo esto ¿qué replicas,
cuando es todo tu poder
dar sombra y buen parecer
a gentes pobres o ricas?

-Vales poco, y .en verdad,
clama el Sombrero, te digo
que nunca harás un amigo,
ni reharás una amistad.

Cierto es que jamás dejé
una ciudad destruída, .
ni he combatido en mi vida,
ni campiñas asolé.

Que nunca tuve, no ignoro,
vivas y aplausos rastreros,
ni he servido a maromeros,
ni he matado ningún toro.

Si acaso intentas probar
que eres útil por ser fuerte,
rnira lo que haces, y advierte
que bien pudieras errar.

Que hagas bienes, no es extraño;
rnas tus instintos fatales,
rnás que bienes, causan males:
yo jamás infiero daño.

Paz, amistad y contento
lleva en pos rní cortesía;
con tu. violenta osadía
llevas desgracias sin cuento.

Por todo esto, yo no apoco
tus servicios, eso no;
solamente quiero yo
que no me tengas en poco.

De tu rigor inhumano,
puedo muy bien remediar
los agravios, con pasar
de la cabeza a la mano.

Y más de mil que tú has hecho,
yo he reparado, Señora:
¡Vamos a ver! dime ahora
si no soy de honra y provecho.

La Espada, que era de Astorga,
no dijo: esta boca es mía.
El Sombrero bien diría,
puesto que quien calla, otorga.

Moraleja: La educación y la amistad siempre hacen más amigos que la fuerza.

El Caballo y el Soldado

 Erase una vez durante la guerra de independencia un soldado que alimentaba a su caballo con buena cebada. Cuando el conflicto terminó, el caballo volvió al campo para realizar pesadas labores y a ser alimentado con paja. Pasado un tiempo, empezó otra guerra y el soldado necesitaba a su caballo pero ahora parecía más un asno. Entonces el soldado pensó que tenía que cuidad sus cosas para mantenerlas en buen estado.

Moraleja: Si quieres mantener tus cosas en buen estado cuídalas.

Un Taco al Pastor

 Erase una vez un hombre que había trabajado mucho para crear una empresa de textiles mexicanos. Su producto se hizo conocido y un día un empresario español le notificó que iba a visitar México porque le gustaría ver sus textiles y comprarle algunos.
El mexicano aceptó encantado. finalmente iba a vender mucha mercancía, para hacer crecer más su empresa y dar más trabajos. Decidió buscar cosas que pudiesen gustar a su visitante. Buscó los mejores restaurantes, leyó sobre la comida española y decidió llevarlo al lugar donde ofrecieran la mejor paella en todo México.
Cuando el español llegó fue recibido con todos los honores por el mexicano. Le llevó al mejor hotel de la ciudad. Además se ofreció a buscarlo cada mañana para recorrer la ciudad y hablar de negocios.
A la hora del almuerzo del primer día, lo llevó a donde ofrecían la mejor paella de México pero al bajarse del auto el español vio un puesto pequeño de tacos. Se acercó y pidió un taco al pastor. Cuando dio la primera mordida le gustó muchísimo y dijo: «Dadme tacos al pastor y no paella. Es simple, pero sabroso.»
El mexicano de origen humilde se sintió orgulloso de sus raíces, pidió otro taco y se sentó a comer con el español.
Moraleja: No te avergüences de tus orígenes.

El serraño y el jalapeño

Cierto día, se encontraban dos chiles, uno serrano y uno jalapeño, en una degustación de comida mexicana a la que asistirían grandes expertos culinarios de esta cultura. Al saber esta noticia, los chiles comenzaron a discutir sobre cuál de los dos era el más picante, y por ende, cuál le gustaría más a los expertos que estaban por llegar.

Estuvieron muchos días preparándose y espero la llegada de los jurados, quienes dictarían cuál de estos dos sería el mejor chile para ser utilizado en los platos que prepararían posteriormente en una feria de comida mexicana abierta al público.

Para su sorpresa, al llegar el momento esperado por los chiles, los jurados tomaron una decisión que dejó boquiabiertos a ambos picantes, pues decidieron incluirlos a los dos en sus comidas, ya que tenían atributos y características que los hacían especiales para los platos que requerían hacer.

En ese instante, los chiles se dieron cuenta de que todos tenemos muchas capacidades y atributos que nos convierten en especiales e importantes para desempeñarnos en el área que nos querramos desenvolver. 

Moraleja: no debemos prejuiciar a nadie, pues nunca sabemos que tiene para ofrecer y quien necesita de eso que ofrece esa persona.


El Maya y el Azteca

Erase una vez, en una época muy remota, solo dos habitantes sobre una parte específica del suelo mexicano, se trataba de un indio maya y otro azteca. A pesar de tener que convivir juntos porque no habían muchos lugares a donde recurrir, no se llevaban bien, puesto que tenían diferentes formas de pensar tras venir de distintas tribus.

Pasaba el tiempo y los hombres nunca lograron ponerse de acuerdo sobre sus decisiones y formas de convivir, hasta que un día debían tomar una elección de la cual dependería su permanencia en la tierra. El hombre Maya estaba más acertado en su decisión, y había hecho un plan excelente que les permitiría continuar viviendo.

Pero la terquedad del Azteca fue mucho más poderosa, negándose a hacer todo aquello que le dijera el Maya solo por ser diferente y por tener orígenes distintos a los suyos. Prefirió la muerte, en lugar de doblegarse y darle la razón que tenía el hombre Maya.

Moraleja: Hay que aceptar a todas las personas sin importar de dónde provengan, ni el hecho de que sean o piensen diferente a nosotros.

El traje que escogió el charro

En un pueblo en las afuera de ciudad de México, todos se preparaban para una feria muy importante en la que participaría el mejor charro de todo el país. En los vestidores se apilaban varios hermosos trajes de charro de donde el artista debía escoger cual se pondría para abrir la feria. Todos los trajes eran hermosos, pero tres de ellos muy vanidosos se peleaban sin cesar, por ser el traje escogido.

–Yo soy el más brillante, estoy bordado a mano, tengo que ser el escogido- decía uno.

–Claro que no, yo soy más elegante, me escogerá a mí, por supuesto- Decía el otro, sintiéndose superior.

–No sigan soñando, yo soy el más costoso y fino, obviamente seré el elegido- Contestaba el último, muy arrogante.

Así pasaron los días discutiendo por ser el traje que el charro escogería. Hasta que llegó el momento esperado y el charro entró animado al vestuario a ver los trajes de los que disponían. Luego de mucho rato revisando uno a uno, se quedó pensando y estiró su mano para escoger el traje que luciría en la apertura de la gran feria.

Para sorpresa de los tres trajes vanidosos, el charro escogió un cuarto traje, que había permanecido siempre en silencio pero cuya belleza era indiscutible. Así que el charro eligió el traje más bonito y lo lució ante el público muy orgulloso.

Mientras los otros tres trajes de charro seguían discutiendo, muy molestos, sin entender por qué no habían sido escogidos. Pero sabiendo en el fondo que aún cuando eran bellos, había otros trajes que podían competir con ellos.

Moraleja: No intentes subir pisando a los demás, cada quien tiene su propio valor y no debemos disminuir el valor de otro para intentar resaltar el nuestro.

El indiecito Maya

 Itzae era un indiecito Maya que se dedicaba a la pesca en la población de Tabasco. Una vez que conseguía muchos pescados, se iba al pueblo a ofrecerlos. Así que cada mañana se despertaba muy temprano y salía a pescar.

Durante la tarde se iba al pueblo a ofrecer casa por casa su mercancía fresca. Pero un día la suerte no lo acompañó y a pesar de caminar mucho y tocar muchas puertas, no consiguió vender ni un solo pescado.

La preocupación de llegar a casa sin dinero lo agobiaba.

Se dispuso a seguir intentándolo, y a lo lejos vio un citadino muy bien vestido que caminaba tranquilamente por la ciudad. Sin pensarlo dos veces se acercó a él, ofreciendo su mercancía.

-Perdone patroncito ¿No quiere llevar pescado fresco? Está muy bueno, le va a gustar.

– No gracias- dijo el citadino casi sin mirarlo. Pero Itzae ya estaba desesperado, así que no se dio por vencido.

– Por favor patrón ayúdeme, no he vendido nada y tengo que llevar dinero a mi familia. Hágale, hoy usted me ayuda a mí y mañana yo lo puedo ayudar a usted.

El citadino se rió de la ocurrencia de Itzae, pensando en qué lo podía ayudar aquel indicito que nada tenía. Pero le conmovió su insistencia y le compró todos los pescados. Dos días después Itzae caminaba por las calles y escucho en un callejón un forcejeo. Al mirar se dio cuenta que dos pillos trataban de asaltar al citadino y sin pensarlo, corrió hacia ellos gritando y logró espantarlos.

El citadino se quedó sorprendido de lo rápido que el indicito pudo devolverle el favor. Y sintió pena de haber pensado que este no podría jamás hacer algo por él.

Moraleja: No menosprecies a aquellos que crees que son inferiores a ti. Todos los seres humanos somos iguales.

La Calaca y las calaveras literarias

 Era 2 de Noviembre, Día de Muertos, y La Calaca fue en búsqueda de nuevas personas para sumar a su equipo. 

Para encontrar a los mejores candidatos, se le ocurrió hacer un concurso de calaveras literarias. Así, tendría poetas a su lado para que le reciten versos armoniosos.

Llegaron cientos de calaveritas, de muy diversa índole. Había graciosas, cortas, largas y también tristes.

Mucho dudó, pero logró elegir a un ganador. Cuando fue a buscar al autor, se trataba de un viejo señor.

-Felicidades, has ganado un viaje conmigo. – Dijo La Calaca.

-¡Pues allá vamos! – Dijo el señor entusiasmado.

Al llegar al panteón, La Calaca dio cuenta de su error. El señor, su calavera había copiado, realmente no sabía hacer ningún rimado.

El señor, que esperaba premios y viajes, por copiar se encontró con su vida acabada.

Moraleja: Mentir y copiar trae consecuencias negativas.

El mito tolteca de la creación: Los Cinco Soles

 Los toltecas, palabra que quiere decir constructores, y en verdad lo fueron, crearon una Cosmogonía perfectamente organizada que explica la formación del mundo y sus transformaciones sucesivas. El pueblo nahua, llamado tolteca, abandonó la zona que habitaba en el siglo XI, en un proceso de expansión que arranca de la ciudad de Tula (la antigua Tollán), en el Estado de Hidalgo, y llega hasta el área de la cultura maya. Sus mitos y su religión son la etapa más alta y evolucionada del espíritu de un pueblo cuyo origen misterioso no ha podido ser fijado exactamente en el tiempo, ya que es posible que ellos fuesen también los edificadores de la ciudad religiosa de Teotihuacán. Sea lo que fuere, lo cierto es que los toltecas dieron a sus bases religiosas y cosmogónicas una estructura tan precisa y una potencia tan rigurosa que las culturas posteriores, especialmente la azteca, las adoptaron como propias.

El caos primitivo

En el principio era el caos, dice el mito de los Cinco Soles. Esta confusión de la materia original informe se deriva siempre, en el origen que del mundo ofrecen todas las religiones, de una oposición entre fuerzas radicalmente contrarias. Pueden ser la luz y la sombra o el bien y el mal. En este caso, lo que choca y combate y al fin se compenetra íntimamente son dos elementos divergentes en esencia: el agua y el fuego. ¿Habéis podido pensar alguna vez en algo más distinto? Como todos sabemos, el agua apaga al fuego y éste devora y volatiliza al agua. ¿Cómo puede llegarse a esta unión imposible? De inmediato pensamos en los misterios del Cristianismo. Mas detengámonos un instante y lleguemos más lejos, hasta las mismas teorías científicas que nos hablan de las nebulosas primitivas y de la condensación de la materia, de inmensas masas ardientes de las cuales se desprendieron otras más pequeñas que serían después los planetas. ¿No están aquí fundidos en estrecho abrazo el agua y el fuego? El agua venció al fin, o mejor dicho, se acostumbró a vivir en un mismo mundo en compañía del fuego: los mares y el fuego que afirma su presencia por las bocas gigantes de los volcanes demuestran hoy que no estaban muy equivocados los toltecas al situar en el principio del mundo la lucha y la fusión de dos contrarios: el fuego y el agua, padres de la vida.


El primer Sol

Sobre el caos espantoso que era el preludio de la vida en una Tierra aún no creada, velaban los dioses. Contemplaron el combate entre el agua y el fuego y se reunieron para deliberar:

— Es hora ya de aplacar esta batalla y dar nacimiento a la vida.

A su mandato, el fuego enloquecido y las aguas hirvientes se aquietaron, un oscuro silencio flotó sobre los mares y las tierras: el reino de la materia oscura había nacido. Y el primer Sol que dominaba sobre este mundo en sombra fue el Sol de Moche o Sol de Tierra, simbolizado por un tigre. Los dioses se alegraron, aunque pronto hubieron de convencerse de que su primer intento de crear la vida había sido un fracaso: el tigre devoró a todos los seres que poblaban la Tierra y ésta siguió girando en el espacio oscuro con la carga ya inerte de sus muertos.


El segundo Sol.

Los dioses se reunieron de nuevo y dijeron:

— Esta quietud y esta oscuridad no son buenas. Es preciso que nazca un nuevo Sol y que su espíritu corra sobre el mundo lleno de pureza: así, los habitantes de la Tierra conservarán su vida. Entonces, una boca gigante comenzó a soplar sobre las llanuras y los mares, sobre los lagos y las montañas: había nacido el segundo Sol, o Sol del Aire, es decir, el espíritu puro cuyo símbolo era Echécatl, una de las representaciones de Quetzalcóatl como dios del viento. Pero los hombres hijos de esta segunda Era fueron torpes, y los dioses, furiosos, los convirtieron en monos. Grandes bandadas de estos animales corrían por todas partes y saltaban entre las ramas de los árboles chillando como locos y mostrando lo imperfecto de su condición puramente animal.


El tercer Sol.

Otra vez los dioses se reunieron en asamblea; y uno de ellos dijo:

 No debemos permitir que lo creado por nosotros siga viviendo tal como hasta ahora, porque esta vida es imperfecta. ¿Qué os parece que hagamos? Tras de una larga deliberación, los dioses decidieron destruir el segundo Sol y las criaturas correspondientes a su Era. Furiosos, dieron sus órdenes y los cielos se estremecieron en toda su infinitud cuajada de estrellas. Nació el tercer Sol como una gigantesca llamarada que iluminó los ámbitos celestes: era el Sol llamado de Lluvia de Fuego, y una tempestad de ardientes gotas cayó sobre la Tierra devorando las plantas y todos los seres vivos. Los vegetales, a causa de su inmovilidad, perecieron primero, y luego todos los animales, salvo las aves, cuyos cantos, plumajes y vuelos era lo único realmente hermoso que animaba la vida terrestre.


El cuarto Sol.

Sol de la lluvia

Y tras del Sol de Lluvia de Fuego los dioses crearon el cuarto Sol, el Sol de Lluvia de Agua. Todos los niños saben lo que la Biblia cuenta respecto al Diluvio Universal. Pues bien, la Cosmogonía de los antiguos pobladores del valle de Anáhuac también incluye su propia historia de este diluvio, y lo mismo sucede en los mitos cosmogónicos de otras culturas en los puntos más diversos de la Tierra. Es evidente, desde el punto de vista científico, que esta semejanza puede significar sólo una cosa: que un tremendo cataclismo tuvo lugar en épocas remotas y que su recuerdo perduró en la memoria de los hombres cuando éstos tenían ya la capacidad necesaria para crear sus mitos. El Sol de Lluvia de Agua aniquiló buena parte de lo creado al anegar toda la Tierra, pero dio origen a los peces, que llenaron los mares, los ríos y los lagos, con el inquieto rebullir de su vida submarina. Y fue entonces cuando los dioses creyeron que había llegado el momento de poner sobre la Tierra al hombre mismo.


El quinto Sol

Reunidos los dioses, decidieron que el quinto Sol, llamado Sol de Movimiento, sería el padre del género humano. Mas para alcanzar este privilegio sobre los demás soles era preciso que surgiese dotado de una virtud no conocida. ¿Cómo alcanzar este merecimiento? Tras mucho discutir, los dioses llegaron a la conclusión de que sólo mediante el sacrificio de dos de ellos, el quinto Sol podría crear y alumbrar a los hombres que poblasen la Tierra. El padre fray Bernardino de Sahagún, en su Historia general de las cosas de la Nueva España, cuenta el desarrollo de los acontecimientos. “Se juntaron los dioses … y dijeron los unos a los otros: ¿Quién tendrá el cargo de alumbrar al mundo?”. . . A estas palabras respondió un dios que se llamaba Tecuciztécatl y dijo: Yo me encargo de alumbrar al mundo. Luego otra vez hablaron los dioses y dijeron: ¿Quién será otro más? … Uno de aquellos dioses, al que nadie hacía caso y era buboso, no hablaba, sino que oía lo que los otros dioses decían. Estos le hablaron y le dijeron: —Sé tú el que alumbras, bubosito, y él. . . respondió: —En merced recibo lo que me habéis mandado. Los dos dioses hicieron penitencia durante cuatro días y un gran fuego fue encendido. El primer dios ofrecía, junto con su vida, objetos y cosas preciosas, incienso fino y joyas espléndidas. El dios buboso, llamado Nanauatzin, solo podía ofrecer como ofrenda, además de su vida, espinas de maguey ensangrentadas con su propia sangre, porque era pobre. A la media noche del quinto día, cuenta Sahagún, “se pusieron delante del fuego” y los otros dioses dijeron: “¡Ea pues, Tecuciztécatl, entra tú en el fuego!”, pero el dios rico tuvo miedo. Tres veces probó, pero en ninguna se atrevió a arrojarse al fuego. Los dioses hablaron entonces a Nanauatzin, el dios pobre: “¡Ea pues, Nanauatzin, prueba tú! Y como le hubieran hablado los dioses, esforzóse y cerrando los ojos.. . echóse al fuego ..“Cuando vio Tecuciztécatl que se había echado en el fuego y ardía, arremetió y echóse en la hoguera.” Así, mediante el sacrificio de dos dioses, surgió el quinto Sol y nacieron los hombres en la Tierra.


El mito de los soles y la conquista

Pero el antiguo mito cuenta también que el quinto Sol habría de ser aniquilado alguna vez para que la humanidad alcanzase la suma perfección. Una de las causas que influyeron en la derrota de los aztecas y en la substitución radical de su cultura por la europea, fue la creencia que los aztecas tuvieron de que los españoles eran los emisarios de sus dioses encargados de cumplir sus mandatos. Porque la leyenda de los Soles decía que el quinto Sol desaparecería arrasado por el sexto Sol, el Sol de los Terremotos, cuyo triunfo se lograría gracias a una sucesión de temblores espantosos: el sexto Sol obtendría la purificación del hombre y la unión de su espíritu con el espíritu de la divinidad. La leyenda de los Soles viene a ser, por tanto, una escala ascendente en el camino de la perfección. Primero, a partir de la nada, es la materia quien, merced a destrucciones y renovaciones sucesivas, cobra la necesaria pureza para que de ella nazca el hombre. Más tarde, es el hombre mismo quien habrá de sufrir este proceso depurador. Lejos ya de todo mito cosmogónico, la Historia nos dice que, en verdad, también el sexto Sol se cumplió a través de la conquista y colonización de México. No diremos, claro está, que los métodos de los conquistadores significasen en sí una gran mejora, pero es evidente que una nueva Era llegó con un más alto sentido de la vida. Después de la época colonial, llegarían la Independencia y la Revolución mexicanas. Y los viejos dioses guardaron y guardan silencio: el eterno y nuevo Sol de cada día calienta sus viejas tumbas olvidadas.

Chaac, el dios maya

 Chaac es un dios maya, dios de la lluvia también es llamado Ah Hoya («El que orina»), Ah Tzenul («El que da alimentos a los demás»), u Hopop Caan («El que enciende el cielo»).

Chaac es asimilado al dios Tláloc de los aztecas. Su animal familiar es la rana porque anuncia la lluvia con sus gritos. En las representaciones se muestra a este animal escupiendo agua.


Datos del dios Chaac

Mitología: Maya

Lugar: Mesoamérica


Características del dios Chaac

Dos ojos amplios, una larga nariz en forma de trompeta, dos colmillos encorvados y una cabellera hecha de nudos muy complicados le caracterizan. Viene de las cuatro direcciones del universo: al Este, es rojo; al Norte, blanco; al Oeste, negro; al Sur, amarillo. Suscita el rayo con hachas de piedra y arroja la lluvia volcando calabazas llenas de agua.

Chaac es benéfico y amigo de los hombres. Les ha enseñado las técnicas de cultivo de los vegetales y es el protector de los campos de maíz. Se le implora para obtener la lluvia durante ceremonias particulares: los hombres se instalan fuera del pueblo y se someten a una estricta observancia de ayuno y de abstinencia sexual.

Chaac es uno de los dioses importantes del panteón maya. Es comparable al Tláloc azteca.

La invención del Pulque

 Después de haber hecho a los seres humanos, los dioses se reunieron para observar su obra. Viendo que sus criaturas parecían tristes, se dijeron:

— Debemos hacer algo para que los seres humanos disfruten de la vida y también nos alaben, canten y bailen.

Entonces, Ehécatí, el dios del viento, que era una de las formas que adoptaba Quetzalcóatl, pensó que tal vez los hombres se alegrarían si él podía regalarles alguna bebida embriagante. Cavilando sobre cómo le sería posible llevar a la práctica su idea, recordó una diosa que tal vez pudiera ayudarlo.

La diosa del maguey y el pulque

Era Mayahuel, la diosa del maguey y del pulque, imagen de los magueyes, que fue la primera en agujerear estas plantas para sacar la miel con la que se hace el vino. De su ombligo o centro salieron los aztecas, sus hijos, y en su zumo, el aguamiel, vieron éstos la leche materna. Tenía cuatrocientos pechos para alimentar a sus otros tantos hijos, los Centzon Totochtin, los «Cuatrocientos conejos», que eran los dioses de la embriaguez adorados en los diferentes pueblos de la Altiplanicie y que derivaban sus nombres de las tribus de las que eran patronos. A veces aparecía amamantando a un pescado y sus cuatrocientos pechos eran las estrellas del cielo nocturno o «tierra de los peces preciosos», el Tamoanchan celestial.

Ehécatí fue entonces a buscar a la diosa Mayahuel y la encontró dormida junto a su abuela Tzitzímil, que estaba a cargo de su custodia.

— Despiértate, vengo a llevarte conmigo al mundo. Necesito tu ayuda — le dijo a la diosa.

— Vamos pues — respondió ella, aceptando inmediatamente la propuesta.

Descenso a la Tierra

Con mucho cuidado, a fin de no despertar a la abuela, ambos descendieron del cielo a la tierra . Ehécatl llevaba a Mayahuel sobre sus hombros. Al llegar a la superficie terrestre, los dos se transformaron en un árbol del que brotaron dos ramas: una, «sauce de quetzal», era la del dios del viento, la otra, «árbol de flores», era la de la diosa del maguey.

Mientras tanto, la abuela de Mayahuel se había despertado y alarmado mucho al darse cuenta de la ausencia de su nieta. Sin perder tiempo pidió ayuda a otras diosas, que también se llamaban Tzitzímil, y todas bajaron a la tierra en busca de Ehécatl. En ese mismo momento, las dos ramas del árbol se quebraron, cayendo al suelo. Tzitzímil reconoció inmediatamente a su nieta y, tomándola firmemente, la rompió en varios trozos que entregó a sus compañeras para que los comieran. Hecho ésto, las diosas arrojaron el resto y regresaron al cielo.

Creación del maguey

Sin embargo, nadie había reparado en la rama «sauce de quetzal», que quedó sobre el suelo. Tan pronto como las diosas se fueron, Ehécatl tornó a su forma original y enterró los huesos de Mayahuel que habían sido abandonados. Poco después brotó de ellos la planta del metí, maguey, cuyas hojas y espinas tienen numerosas aplicaciones, y de la que se obtiene una bebida embriagante, el octli o pulque.

El mito de Quetzalcóatl

Se ha dicho que Teotihuacán fue creada por un pueblo anterior al tolteca del que nada se sabe. Los datos legendarios recogidos afirman que las pirámides fueron hechas por los dioses que vivían en Teotihuacán en una época remota en que no existían hombres en la Tierra, y que para crear al género humano fue necesaria la creación del quinto Sol. Pero da la casualidad de que ese quinto Sol está simbolizado por Quetzalcóatl, y todos los documentos señalan la paternidad tolteca de este mito.

Si de los toltecas han quedado tan profundas huellas, y los supuestos teotihuacanos son una invención a falta del menor indicio que les adjudique la construcción de Teotihuacán, será lícito recordar lo que la Historia nos ha enseñado más de una vez: que las grandes obras sólo a grandes pueblos corresponden, y que las ruinas más importantes de México sólo pueden ser debidas al pueblo pre-coloniales que nos ha dejado ejemplos de mayor potencia espiritual creadora: los toltecas.

En el principio, era el hombre.

Sahagún relata que “En esta ciudad (la Tollán ignorada que nosotros identificamos con Teotihuacán) reinó muchos años un rey llamado Quetzalcóatl. . . (que) fue extremado en las virtudes morales”.

En efecto; las fuentes históricas hablan de un señor de los toltecas, y a juzgar por sus obras y por su concepto de la existencia, “la más grande figura en la Historia antigua del Nuevo Mundo”, según Spinder.

Nos encontramos, pues, una vez más, con la deificación tras de su muerte de un ser humano de excepcionales cualidades. No sabemos cuál fue su nombre antes de ser convertido en dios, ya que como después veremos, Quetzalcóatl (que quiere decir Serpiente Emplumada, Serpiente Alada o Pájaro Serpiente) es un nombre simbólico que explica, justamente, la esencia de su doctrina. Pero lo que sí conocemos es lo que perduró en la memoria de los pueblos posteriores en relación con lo que él hizo en bien de los humanos. Alfonso Caso, en su obra El pueblo del Sol, dice así:

“Les enseña (a los hombres) la manera de pulir el jade y otras piedras preciosas y de encontrar los yacimientos de estas piedras; a tejer las telas policromas; a fabricar los mosaicos con plumas de quetzal, del pájaro azul, del colibrí, de la guacamaya y de otras aves de brillante plumaje. Pero sobre todo, enseñó al hombre la ciencia, dándole el medio de medir el tiempo y estudiar las revoluciones de los astros; le enseñó el calendario e inventó las ceremonias y fijo los días para las oraciones y los sacrificios.”

Su nacimiento forma parte ya del propio mito, del cual hablaremos después. Pero vale la pena señalar lo que cuenta la leyenda para comprender cómo la excelsitud de su vida auténtica hizo que después se quiso que naciese de la pureza misma. Así, los Anales de Cuauhtitlán afirman que la madre de Quetzalcóatl lo concibió porque se tragó un chalchihuitl (una especie de jade), cosas que nos hacen recordar en el acto el misterio cristiano de la Encarnación. La leyenda azteca cuenta a su vez, que la mujer elegida tuvo a Quetzalcóatl después de haber guardado en su seno una pluma blanca, que encontró mientras barría el templo.

El rey de la antigua Tollán pasa a ser ya dios y hombre, mucho más lo primero que lo segundo. La leyenda mítica lo sitúa gobernando a su pueblo con su sabiduría extraordinaria y su pureza ejemplar. Tan puro era el rey de los toltecas que prácticamente carecía de cuerpo material, y gracias a ello no podía caer en el pecado.

Pero he aquí de nuevo la presencia de un contrario, hermano y enemigo suyo al mismo tiempo, señor del Cielo Nocturno y símbolo de la impura materia. Este dios terrenal y humano era Tezcatlipoca, y su misión fue lograr que el rey Quetzalcóatl, que había nacido puro, recorriese también su propio sendero de amargura, pecase y venciese al pecado, para alcanzar como los hombres elegidos la perfección y el camino de retorno hacia el Sol. He aquí la historia de su caída. Tezcatlipoca, junto con otros dioses, dijo: “Hagamos pulque; se lo daremos a beber para hacerle perder el tino y que ya no haga penitencia.” Y agregó el dios del Cielo Nocturno: “Yo digo que vayamos a darle su Cuerpo.”

¡Qué profundo sentido tiene esto! Devolver a Quetzalcóatl su cuerpo era darle una condición puramente humana, propensa, por tanto, a escuchar la oscura llamada de su parte material. Es arrancarle el predominio del espíritu y dejarlo entre las asechanzas del mal en condiciones semejantes a las de cualquier hombre.

Tras acordar ambas cosas, Tezcatlipoca envolvió un espejo, pidió permiso en la puerta del palacio para ver al rey y cuando estuvo ante él, le dijo:

—Quetzalcóatl, yo te saludo y vengo a hacerte ver tu cuerpo.

—¿Qué es eso de mi cuerpo? —preguntó el rey de Tollán.

Entonces, Tezcatlipoca desenvolvió el espejo y se lo puso al rey ante el rostro.

—Mírate y conócete.

Quetzalcóatl contempló su cuerpo por vez primera y recobró así su condición puramente humana. Después, a instigación de su enemigo, se emborrachó, y durante su embriaguez cometió el pecado carnal con la bella Quetzalpétatl.

El mito azteca de los trece Cielos

Para los aztecas existían trece cielos, aunque los seres humanos no iban allí después de muertos.

En el más elevado, que era doble pues comprendía los cielos trece y doce, vivían Ometecuhtli y Omecíhuatl, también llamados Tonacatecuhtli y Tonacacihuatl, «Señor y Señora de nuestra carne», nombre que también se refería al maíz en cuanto sustento principal. Allí iban los niños muertos antes de alcanzar el uso de razón y eran engendradas las almas de los seres humanos, siendo alimentados con la leche que destilaba un árbol. Estas almas están aguardando para reencarnarse en una nueva humanidad cuando la presente desaparezca en el cataclismo final.

Después venía el undécimo cielo, que era rojo. Luego el décimo, de color amarillo, y el noveno, que era blanco. En el octavo crujían los cuchillos de obsidiana. En el séptimo, cuyo color era azul, vivía Huitzilopochtli. Por eso el templo dedicado a este dios en la gran pirámide de México-Tenochtitlán se llamaba Ilhuícatl Xoxouqui, que significa «cielo azul». El siguiente, el sexto, era verde. En el quinto estaban las estrellas errantes, los cometas y el fuego. En el cuarto vivía la Huixtocíhuatl, la diosa de la sal. El tercer cielo era por donde caminaba el sol. En el segundo vivían Citlalatónac, la Vía Láctea, y Citlalicue, también llamada «Falda de estrellas». Finalmente, por el primer cielo, el más próximo a la tierra, caminaba la luna y allí se formaban las estrellas. 

La Creación del Mundo según los Mayas

 En la mitología maya se cree que en un origen todo el mundo estaba hecho de agua, y no fue hasta que los dioses Tepeu y Kukulkán intervinieron que la tierra, las plantas y los animales comenzaron a aparecer en la superficie de la Tierra. Pero estas creaciones eran insuficientes, ya que los dioses necesitaban gente que les alabara para aumentar su poder, y ni los animales ni las plantas poseían el don de lenguaje para ello.

A Tepeu y Kukulkán se les unió Huracán, y los tres juntos buscaron la mejor forma de crear a los seres humanos. A los primeros se les creó mediante barro, pero el elemento era demasiado básico para tal creación, y los primeros humanos eran torpes y fueron destruidos por las constantes lluvias de la zona mesoamericana.

Como consecuencia de esto se decidió que los siguientes humanos fueran hechos de madera, y estos pudieron sobrevivir durante años, e incluso reproducirse. Estos humanos no adoraban a los dioses, ya que eran incapaces de recordar su pasado divino. Tras muchos años una gran lluvia terminó con la vida de estos humanos, dejando como herencia a los simios. Se piensa que está gran lluvia fue provocada por Huracán, ya que pensaba que estos seres humanos no eran perfectos, y necesitaban nacer otra vez de un mejor material, para que pudieran adorar a los dioses.

Los tres dioses buscaron la mejor forma de crear al hombre con su tercer intento, uniendo el maíz y la madera. Estos eran capaces de sobrevivir y reproducirse y, además, tenían la memoria suficiente para poder recordar a los dioses que les habían creado y poder, así, adorarlos y alabarlos.

El mito de Tonatiuh

Luego de que los dioses habían creado la tierra, el agua, el fuego y Mictlán, el mundo de los muertos, se sentían insatisfechos porque el sol no iluminaba lo suficiente. Así que se reunieron para crear uno nuevo, para lo cual se necesitaba que uno de ellos se transformara en astro. Así, el primero en ofrecerse fue Tezcatlipoca, con lo que comenzó el primer ciclo. Poco después, Quetzalcóatl tuvo ganas de ser quien alumbrara el mundo, así que derribó a Tezcatlipoca de un golpe y lo sumergió en el agua para que se apagara. Luego de esto, Quetzalcóatl se convirtió en el segundo sol, iluminando todo cuanto existía. Furioso por la afrenta, Tezcatlipoca se transformó en jaguar y bajó de un zarpazo a Quetzalcóatl, quien lanzó vientos y tormentas sobre la tierra. Entonces la gente corrió a resguardarse y los dioses se transformaron en monos. 

Después de esto, dado que ya se habían creado dos soles y dos generaciones de personas sin éxito, los dioses se sentían decepcionados con ellos mismos. Entonces, entre la desilusión general, Tláloc se ofreció para ser el tercer sol y dar inicio a una nueva era. Como los otros dioses aceptaron que fuera así, Tláloc ascendió al cielo y brilló sobre la tierra; pero como este era el dios de la lluvia, comenzó a caer de las nubes una lluvia de fuego que convirtió los ríos y los mares en llamas. La gente corrió de un lado a otro sin encontrar salvación, así que los dioses convirtieron a las personas en pájaros para que se refugiaran en el aire. Mientras tanto, los dioses se reunieron para encontrarle una solución a la situación. Entonces Quetzalcóatl sugirió que el nuevo sol fuera Chalchiuhtlicue, la diosa del agua, para que pudiera apagar el incendio del mundo. Así, el cuarto sol se posicionó en el cielo y comenzó a caer una lluvia que no tuvo fin. Los ríos y los lagos se desbordaron, y al poco tiempo se inundó el mundo. Entonces los dioses transformaron a las personas en peces, para que pudieran sobrevivir.

Luego de que se acabara toda la lluvia posible, el cielo se abalanzó sobre la tierra y Quetzalcóatl y Tezcatlipoca tuvieron que convertirse en árboles para poder sostenerlo. Mientras tanto, los demás dioses quedaron afligidos por su nuevo error, pues habían acabado con el ser humano. Entonces los dioses se reunieron para crear un quinto sol. Tecuciztécatl y Nanahuatzin se ofrecieron, aun sabiendo que tenían que lanzarse a una pira para ello. Así, Tecuiztécatl, que era un dios orgulloso de su valentía, se lanzó a la fogata y salió inmediatamente cuando sintió el dolor de las quemaduras. De ahí surgieron las manchas del jaguar. Luego, Nanahuatzin, que era un dios humilde y callado, se lanzó al fuego y permaneció en él hasta convertirse en el sol. Celoso del otro, Tecuciztécatl se lanzó también, convirtiéndose en el segundo sol. Sin embargo, poco después sería asesinado por un dios menor que le lanzó un conejo, por lo cual se convirtió su cadáver quedó flotando en el cielo en forma de luna (y por ello puede verse un conejo en este satélite de vez en cuando). Mientras tanto, Nanahuatzin, que había quedado como el único sol, cambió su nombre a Tonatiuh.

Después de esto, los animales se acercaron a la diosa Ixmukané y le entregaron un fruto que había engendrado la tierra, el cual tenía muchas propiedades. Tomándolo entre sus manos, la diosa creó el primer hombre de maíz, Qaholom. Este podía pensar, hablar y amar, por lo que tendría problema en adorar a los dioses. No obstante, dado que el hombre del maíz no sabía cómo rezar, le pidió ayuda a las diosas para que lo instruyeran. Estas le enseñaron cómo reverenciar a los dioses y le entregaron una mujer, Alom, la Gran Madre, con quien concibió muchos hijos, quienes habrían de poblar la tierra.

El Mayab la tierra del faisán, del venado y la serpiente de cascabel

Cuando todavía no se creaba la tierra, el señor Itzamná decidió fundar un lugar que fuera tan hermoso que todo el que lo conociera quisiera vivir allí, enamorado de su belleza. Así fue como Itzamná creó El Mayab, la tierra de los preferidos.

En esta tierra sembró las más bellas flores para que adornaran los caminos; creó enormes cenotes cuyas cristalinas aguas reflejaran la luz del sol, y también profundas y enigmáticas cavernas. 

Más tarde, Itzamná ofreció a los mayas la nueva tierra, y eligió a tres animales para que por siempre vivieran en El Mayab, y quien pensara en ellos también pensara en El Mayab. Los elegidos fueron el faisán, el venado y la serpiente de cascabel. 

Los mayas eran felices en estas tierras, comenzaron a construir palacios y ciudades de piedra. En las selvas, los animales que escogió Itzamná no se cansaban de recorrer la inmensa extensión de El Mayab.  

El faisán se elevaba hasta los árboles más altos, y su grito era tan poderoso que podían escucharle todos los habitantes de esa tierra. El venado corría ligero como el viento y la serpiente se arrastraba moviendo sus cascabeles para producir música a su paso. 

Todos vivían felices en estas tierras. Pero un día, los chilam, adivinos mayas, vieron en el futuro algo que les causó gran alarma. 

Llamaron a todos los habitantes, para anunciar lo siguiente:

—Tenemos que dar noticias que les causarán mucha pena. Todo indica que en un futuro no lejano nos invadirán hombres venidos de muy lejos; traerán armas y pelearán contra nosotros para quitarnos nuestra tierra. Es posible que no podamos defender El Mayab y lo perderemos.

Al escuchar los presagios, el faisán huyó a la selva y se escondió entre las los matorrales, pues prefirió dejar de volar antes de permitir que invasores lo encontraran.

Cuando el venado escuchó lo que se aproximaba, sintió una gran tristeza; lloró tanto, que sus lágrimas formaron muchos ojos de agua. Desde entonces, el venado tiene los ojos muy húmedos, como si estuviera a punto de llorar. 

Sin duda, quien más rabia sintió al saber de la conquista fue la serpiente de cascabel; ella decidió dejar de lado su música y luchar contra los enemigos; así, creó un nuevo sonido que produce al mover la cola y que ahora usa como anuncio de su ataque.   

Como dijeron los chilam, los extranjeros conquistaron El Mayab. Pero aún así, un famoso adivino maya anunció que los tres animales elegidos por Itzamná cumplirán una importante misión en su tierra. Los mayas aún recuerdan las palabras que una vez dijo: 

“Mientras las ceibas estén en pie y las cavernas de El Mayab sigan abiertas, habrá esperanza. Llegará el día en que recobraremos nuestra tierra, entonces los mayas deberán reunirse y combatir. Sabrán que la fecha ha llegado cuando reciban tres señales. La primera será del faisán, quien volará sobre los árboles más altos y su sombra podrá verse en todo El Mayab. La segunda señal la traerá el venado, pues atravesará esta tierra de un solo salto. La tercera mensajera será la serpiente de cascabel, que producirá música de nuevo, y ésta se oirá por todas partes. Con estas tres señales los animales avisarán a los mayas que es tiempo de recuperar la tierra que les quitaron.”

Ésa fue la mención del adivino, pero el día aún no llega. Mientras tanto, los tres animales siguen preparándose para tan importante suceso. Así, el faisán lustra sus alas, el venado afila sus pezuñas y la serpiente agita sus cascabeles. Sólo esperan el momento de ser los mensajeros que reúnan a los mayas para recobrar El Mayab.

Mito del tlacuache

En los altos de Jalisco se cuenta que, hace muchos años, sus habitantes los huicholes no contaban con el fuego, y esto hacía su vida difícil: No había con qué calentarse en las noches de invierno en los confines de la sierra ni cómo cocinar sus alimentos. Hombres, mujeres, niños y ancianos, sufrían mucho. En esos tiempos, todavía no sabían cultivar la tierra y vivían dentro de cuevas o en los árboles.

Un día, el fuego se soltó de alguna estrella y cayó en la tierra provocando el incendio de los bosques.

Los habitantes de un pueblo vecino, que eran enemigos de los huicholes, se quedaron con una rama encendida y no dejaron que el fuego se apagara.

Organizaron un poderoso ejército encabezado por el tigre, y formaron grupos para cuidar celosamente que nadie les robara el preciado elemento; principalmente lo cuidaban de los huicholes. Varios de ellos que intentaron tomar el valioso tesoro, murieron víctimas de una lluvia de flechas. 

En una reunión de animales, celebrada dentro de una cueva, el venado, el armadillo y el tlacuache, quienes eran amigos de los huicholes, se preguntaban qué podían hacer para llevar a sus amigos el valioso tesoro, pero no llegaban a ningún acuerdo. Entonces, el tlacuache, que era el más pequeño de todos, propuso: 

—Yo voy por el fuego. 

Todos se rieron de él. Y el venado le dijo: 

—¿Cómo piensas hacerlo? Eres tan chiquito, tan insignificante… 

El tlacuache, muy orgulloso, contestó: 

—No se burlen, ya verán como cumplo mi promesa. Sólo les pido que cuando llegue me ayuden a alimentar el fuego para que no se apague.

Una noche, el pequeño animalito salió de la cueva y se acercó a las viviendas de los enemigos de los huicholes, se hizo bolita y esperó. Pasó una semana completa sin moverse, hasta que los habitantes del pueblo aquel se acostumbraron a su presencia. Al séptimo día, cuando aún no amanecía, el tlacuache vio que todos los guardias dormían, sólo el tigre se mantenía despierto.

Poco a poco y con mucho cuidado se fue acercando al fuego hasta que estuvo tan cerca que pudo meter su cola en la lumbre. Una vez que se encendió su cola se formó una enorme llama que iluminó el campamento, y el tlacuache echó a correr.

Al principio, el tigre creyó que la cola del tlacuache era un leño; pero cuando lo vio correr empezó a perseguirlo. Éste, al ver que el tigre le pisaba los talones tomó una rama, la prendió con el fuego de su cola y la guardó en su marsupio o bolsa. 

El tigre lo buscó durante varios días hasta que lo encontró descansando, con las patas apoyadas sobre una peña, disfrutando del paisaje. Furioso, se lanzó sobre de él.

—Pero, ¿por qué tan enojado? —preguntó con aire inocente el tlacuache— ¿no ves que estoy sosteniendo el cielo para que no nos caiga encima? Mejor quédate en mi lugar mientras yo voy por alguna rama grande para detener el cielo. 

El tigre creyó la historia. Se colocó en el lugar que ocupaba el tlacuache mientras este salió disparado.

Pasaron las horas y el tigre ya se había cansado. Y pensó: 

—¿Qué andará haciendo este tlacuache que no viene? 

Siguió esperando, sin moverse. Pronto ya no pudo más. Se levantó con mucha cautela del lugar, esperando que en cualquier momento se le viniera el cielo encima. Cuando se dio cuenta que no pasaba nada, que todo seguía en su sitio, supo que, por segunda vez, el tlacuache lo había engañado.  

Enfurecido, salió a buscarlo. Lo halló comiendo granitos de maíz en la cima de una roca. 

En cuanto el tlacuache lo vio venir hizo como que contaba los granos y se apresuró a decirle: 

—¡Mira lo que encontré! ¡Muchas monedas! Con ellas podemos comprar quesos que venden en aquella casa que está abajo. 

—¿Pero cómo llegaremos? Está demasiado lejos —dijo el tigre. 

—Es fácil. Sólo tenemos que saltar. Yo lo he hecho varias veces sin que me pase nada —dijo muy convincente el tlacuache. 

El tigre se quedó un momento pensativo y agregó: 

—Está bien, pero saltaremos juntos. Esta vez no me vas a engañar.

Mientras el tigre recogía granos de maíz pensando que eran monedas, el tlacuache aprovechó para encajar su cola en una grieta de la roca, sin que el otro se diera cuenta.

El tigre y el tlacuache se pararon en la orilla de la gran roca, contaron hasta tres y saltaron. El tlacuache saltó, pero no se movió de su sitio, pues tenía la cola encajada. El tigre, en cambio, saltó tan alto que voló derechito hacia la luna.

Finalmente, el tlacuache llegó al lugar donde estaban los otros animales y los huicholes. Allí, ante el asombro y la alegría de todos sacó de su bolsa la rama encendida.

Inmediatamente, formaron una hoguera con ramas secas. Cuidaron y alimentaron el fuego hasta que se formó una brillante llama.

Después, curaron las heridas del tlacuache, este generoso animal que tantas accidentadas aventuras pasó para llevarles el fuego.  

Desde entonces, los huicholes disfrutaron de los beneficios del fuego y los tlacuaches perdieron para siempre el pelo de su cola; pero viven contentos porque saben que dieron una gran ayuda al pueblo.

En cambio, se cuenta que el tigre fue a dar a la luna; por eso, cuando hay luna llena, podemos ver su sombra con el hocico abierto. 

LA FUNDACIÓN DE MÉXICO TENOCHTITLAN

 Estando de esta manera los mexicanos rodeados de innumerables gentes, donde nadie les mostraba buena voluntad; aguardando su infortunio; en este tiempo, la hechicera que dejaron desamparada, que se llamaba hermana de su dios, tenía ya un hijo llamado Copil, de edad madura, a quien la madre había contado el agravio que Huitzilopochtli le había hecho, de lo cual recibió gran pena y enojo Copil, y prometió a la madre vengar en cuanto pudiese el mal término que con ella se había usado. Y, así, teniendo noticia Copil que el ejército mexicano estaba en el cerro de Chapultepec, comenzó a discurrir por todas aquellas naciones mexicana publicándolos por hombres perniciosos, belicosos, tiranos y de malas y perversas costumbres, que él los conocía muy bien. Con esta relación toda aquella gente estaba muy temerosa, e indignada contra los mexicanos, por lo cual se determinaron de matarlos y destruirlos a todos. Teniendo ya establecido Copil su intento, subióse a un cerrillo que está junto a la laguna de México, donde están unas fuentes de agua caliente que hoy en el día llaman los españoles el Peñol. Estando allí Copil atalayando el suceso de su venganza y pretensión, el Huitzilopuchtli, muy enojado del caso, llamó a sus sacerdotes y dijo que fuesen todos a aquel peñol, donde hallarían al traidor del Copil, puesto por centinela de su destrucción, y que lo matasen y trajesen el corazón. Ellos lo pusieron por obra y hallándolo descuidado, le mataron y sacaron el corazón, y presentándolo a su dios, mandó [éste] que uno de sus ayos entrase por la laguna, y lo arrojasen en medio de un cañaveral que allí estaba. Y así fue hecho, del cual corazón fingen que nació el tunal donde después se edificó la ciudad de México. También dicen que luego que fue muerto Copil en aquel Peñol, en el mismo lugar nacieron aquellas fuentes de agua caliente que allí manan, y así las llaman Acopilco, que quiere decir “Lugar de las aguas de Copil”. […]
De esta suerte y con este estilo se fue metiendo poco a poco su ídolo al sitio en que pretendía se edificase su gran ciudad, que ya de este lugar estaba muy cerca. Sucedió que estando ellos aquí comenzaron a buscar y mirar si había por aquella parte de la laguna algún sitio acomodado para poblar y fundar su ciudad, porque ya en la tierra no había remedio por estar todo poblado de sus enemigos. Discurriendo y andando a unas partes y a otras entre los carrizales y espadañas, hallaron un ojo de agua hermosísimo donde vieron cosas maravillosas y de grande admiración, las cuales habían antes pronosticado sus sacerdotes, diciéndolo al pueblo por mandado de su ídolo. Lo primero que hallaron en aquel manantial fue una sabina blanca muy hermosa al pie de la cual manaba aquella fuente; luego, vieron que todos los sauces que alrededor de sí tenía aquella fuente, eran todos blancos, sin tener una sola hoja verde, y todas las cañas y espadañas de aquel lugar eran blancas, y estando mirando esto con grande atención, comenzaron a salir del agua ranas todas blancas y muy vistosas. Salía esta agua de entre dos peñas tan clara y tan linda que daba gran contento. 
Los sacerdotes, acordándose de lo que su dios les había dicho, comenzaron a llorar de gozo y alegría, y hacer grandes extremos de placer, diciendo: –“ya hemos hallado el lugar que nos ha sido prometido; ya hemos visto el consuelo y descanso de este cansado pueblo mexicano; ya no hay más que desear; consolaos, hijos y hermanos, que lo que nos prometió nuestro dios hemos ya hallado; pero callemos, no digamos nada, sino volvamos al lugar donde ahora estamos, donde aguardemos lo que nos mandare nuestro señor Huitzilopochtli”. Vueltos al lugar donde salieron, luego aquella noche siguiente apareció Huitzilopochtli en sueños a uno de sus ayos, y díjole: –“ya estaréis satisfechos. Cómo yo no os he dicho cosa que no haya salido verdadera, [ya] habéis visto y conocido las cosas que os prometí veríades en este lugar, donde yo os he traído. Pues esperad,  que aun más os falta por ver. Ya os acordáis cómo os mandé matar a Copil, hijo de la hechicera que se decía mi hermana, y os mandé que le sacásedes el corazón y arrojásedes entre los carrizales y espadañas de esta laguna, lo cual hicisteis; sabed, pues, que ese corazón cayó sobre una piedra, y de él salió un tunal, y está tan grande y hermoso que una águila habita en él, y allí encima se mantiene y come de los mejores y más galanos pájaros que hay, y allí extiende sus hermosas y grandes alas, y recibe el calor del sol y la frescura de la mañana. Id allá a la mañana, que hallaréis la hermosa águila sobre el tunal y alrededor de él veréis mucha cantidad de plumas verdes, azules, coloradas, amarillas y blancas de los galanos pájaros con que esta águila se sustenta, y a este lugar donde hallaréis el tunal con el águila encima, le pongo por nombre Tenuchtitlan”. Este nombre tiene hasta hoy esta ciudad de México, la cual en cuanto fue poblada de los mexicanos se llamó México, que quiere decir “Lugar de los mexicanos”; y en cuanto a la disposición del sitio se llama Tenuchtitlan porque tetl es la “piedra” y nochtli es “tunal”, y de estos dos nombres componen tenochtli que significa “el tunal y la piedra” en que estaba, y añadiéndole esta partícula tlan, que significa “lugar”, dicen Tenuchtitlan, que quiere decir “Lugar del tunal en la piedra”.
Otro día de mañana, el sacerdote mandó juntar todo el pueblo, hombres y mujeres, viejos, mozos y niños sin que nadie faltase, y puestos en pie comenzó a contarles su revelación, encareciendo las grandes muestras, mercedes que cada día recibían de su dios con una prolija plática, concluyendo con decir que “en este lugar del tunal está nuestra bienaventuranza, quietud y descanso, aquí ha de ser engrandecido y ensalzado el nombre de la nación mexicana, desde este lugar ha de ser conocida la fuerza de nuestro valeroso brazo y el ánimo de nuestro valeroso corazón con que hemos de rendir todas las naciones y comarcas, sujetando de mar a mar todas las remotas provincias y ciudades, haciéndonos señores del oro y plata, de las joyas y piedras preciosas, plumas y mantas ricas, etc. Aquí hemos de ser señores de todas estas gentes, de sus haciendas, hijos e hijas; aquí nos han de servir a tributar. En este lugar se ha de edificar la famosa ciudad que ha de ser reina y señora de todas las demás, donde hemos de recibir todos los reyes y señores, y donde ellos han de acudir y reconocer como a suprema corte. Por tanto, hijos míos, vamos por entre estos cañaverales, espadañas y carrizales donde está la espesura de esta laguna, y busquemos el sitio del tunal, que pues nuestro dios lo dice no dudéis de ello, pues todo cuanto nos ha dicho hemos hallado verdadero”. Hecha esta plática del sacerdote, humillándose todos, haciendo gracias a su dios, divididos por diversas partes entraron por la espesura de la laguna, y buscando por una parte y por otra, tornaron a encontrar con la fuente que el día antes habían visto y vieron que el agua que antes salía muy clara y linda, aquel día manaba muy bermeja casi como sangre, la cual se dividía en dos arroyos, y en la división del segundo arroyo salía el agua tan azul y espesa, que era cosa de espanto, y aunque ellos repararon en que aquello no carecía de misterio, no dejaron de pasar adelante a buscar el pronóstico del tunal y el águila, y andando en su demanda, al fin dieron con el lugar del tunal, encima del cual estaba el águila con las alas extendidas hacia los rayos del sol, tomando el calor de él, y en las uñas tenía un pájaro muy galano de plumas muy preciadas y resplandecientes. Ellos como la vieron, humilláronse, haciéndole reverencia como a cosa divina, y el águila como los vió se les humilló bajando la cabeza a todas partes donde ellos estaban, los cuales viendo que se les humillaba el águila y que ya habían visto lo que deseaban, comenzaron a llorar y hacer grandes extremos, ceremonias y visajes con muchos movimientos en señal de alegría y contento, y en hacimiento de gracias decían: –“¿dónde merecimos tanto bien? ¿quién nos hizo dignos de tanta gracia, excelencia y grandeza? Ya hemos visto lo que deseábamos, ya hemos alcanzado lo que buscábamos, ya hemos hallado nuestra ciudad y asiento, sean dadas gracias al señor de lo criado, y a nuestro dios Huitzilopochtli”; y yéndose a descansar por aquel día, señalaron el lugar el cual pintan de esta manera. [Esta es la laguna de México y su dios era el dicho Huitzilopochtli. Y estas son las armas de México.]

En busca del maíz

 Cada que bebo atole no puedo evitar acordarme de mi abuela, en realidad nunca he bebido ningún atole con un sabor similar al que ella solía preparar. Aún tengo recuerdos de ella cuando yo era tan sólo una niña, pasábamos todo el día repartiendo mazorcas de maíz a las personas del pueblo, sin contar ni cuestionar, a cada persona se le entregaba la cantidad de maíz que en los brazos le cupieran.

Me encantaba ese aroma, la textura, ese calor que causaba en el corazón cada trago de atole, pero sin duda, podría confesar que lo que más me gustaba de esa época, eran aquellas charlas con mi abuela mientras lo preparábamos.

—¿Qué es eso? ¿Y porque se debe moler? ¿Para qué se le echa eso al atole?, —le preguntaba siempre sin parar a mi abuela, una duda tras otra, —¿Tortillas también? ¿Cómo pintan las tortillas para que haya de varios colores?—, vaya que me tenía paciencia, ya que siempre con una tierna sonrisa me contestaba todas mis preguntas.

—Me encanta tu entusiasmo, hijita. Verás, existen 64 tipos de maíz de los cuales 54 son nativos de México, —comentaba ella con la calma con la que siempre me respondía. —Para nosotros es importante el cultivo del maíz, tanto que hasta hacemos algunas fiestas en torno a la época de la siembra, como por ejemplo, la fiesta del maíz tostado que se realiza aquí en el pueblo—.

—A mí me gusta esa fiesta y también me gusta el maíz, me gusta comerlo con limón, en tortillas o en el atole que tú preparas, —le decía a mi abuela mientras ella pelaba la mazorca.

—¿Recuerdas que significa milpa? —me preguntó.

—¡Sí!, significa sembradío —contesté contenta en aquella ocasión.

—Así es, se le dice así porque no sólo se cultiva maíz, sino otros alimentos como chile, calabaza, frijol…

 Y antes de que siguiera con la lista, la interrumpí respondiendo animada —¡y jitomate!—, haciendo a mi abuela reír.

—Así es, porque a ver, si sólo se cultiva maíz ¿cómo se le llama?— volvía a preguntar poniendo a prueba mi memoria.

—¡Maizales! —grité mientras sacudía unas cuantas hojas de elote con mis manos.

—Así es mi niña, algún día vas a ser una gran guardiana del maíz, así como tu abuelo y yo—. Así pasábamos las tardes, yo preguntando y ella contestando.

Un buen día mientras ella separaba las mazorcas que dejaría en casa, antes de salir a compartir las demás con las personas del pueblo, le hice una pregunta que en realidad nunca le había hecho con anterioridad a nadie de mi familia, —¿Cómo conociste al abuelo?

Ese día ví un brillo en sus ojos y a pesar de que tenía la mirada fija siempre en la mazorca que iba seleccionando, sus expresiones eran suficientes para darme a entender la sensación que tenía, mientras trataba de expresar todo aquello con palabras

—¿Alguna vez han escuchado esa frase de que los ojos son la ventana del alma?... pues a mí me quedó claro aquel día. 

Mi abuela se detuvo y me invitó a sentarme a un lado de ella, mientras bebíamos un poco de atole comenzó a contar su historia:

—Una tarde cuando yo era joven, llegaron las hormigas a avisarle a mi padre que había un muchacho cruzando la montaña, cuya intención era aprender a cosechar el maíz, así que mi padre sin dudarlo le pidió a las hormigas guardianas del maíz que lo escoltaran hasta nuestro hogar.

La mañana siguiente, al notar la demora, mi padre decidió ir personalmente, era como si hubiera estado esperando a ese joven desde tiempo atrás, así que se transformó en un ave para no tardar tanto. El muchacho a causa del hambre y el cansancio y al ver a mi padre volando hacia él, preparó su arco y sus flechas que era lo único que poseía, pero justo antes de que le pudiera disparar, mi padre comenzó a hablarle.

Aquel joven se detuvo de la impresión de escuchar a un ave hablar, luego mi padre le pidió que se calmara, le explicó que él era el dios del maíz y le pidió que lo acompañara a su casa, el joven un tanto confundido aceptó y comenzó a seguirle. Antes de ofrecerle un espacio en donde pudiera descansar, llamó a mis hermanas y también a mí, para poder presentarnos con nuestro nuevo invitado.

Al principio aquel joven no me había causado ninguna inquietud, si puedo ser sincera contigo. Él era un aprendiz del maíz que sólo conviviría con nosotras mientras aprendiera todo lo posible para una cosecha exitosa y poder así compartir con su pueblo sus nuevos conocimientos, pero percibía en su mirada un brillo diferente que no aparecía cuando hablaba con alguna de mis hermanas.

Así que tiempo después le confesó a mi padre que estaba interesado en casarse conmigo, mi padre aceptó y una vez casados tuvimos que cruzar la montaña para llegar a su pueblo y así poder enseñar a su gente como cosechar el maíz. Los primeros días tuvimos que pasar las noches en el lugar dedicado a los dioses, donde mi padre hizo brotar del piso ¡tantas mazorcas como para una temporada completa!, como obsequio por nuestro casamiento —concluyó su historia mi abuela. 

Después me dijo que a partir de ese momento, fue que ella comenzó a repartir el maíz a todas las personas, además de compartir todos sus conocimientos sobre el cómo se debía cosechar, crear y preparar una gran variedad de alimentos. Incluso recomendó a los pobladores que prendieran fuego a un lado de las milpas, para poder ahuyentar a los muchos animales ladrones que se habían enterado de la gran variedad de maíz, y trataban de robar el regalo de los dioses.

—¿Entonces el bisabuelo era el dios del maíz? —pregunté sorprendida en aquel momento.

—Es, mi amor, aún lo es —me respondió ella con una sonrisa cálida.

Un día cuando ya era mayor, al volver a casa después de checar como iba la milpa, vi reunidos a los abuelos del pueblo, entre ellos el mío que al verme me pidió me acercara a él, me ofreció una bebida dulce y un tanto espesa. 

—¿Qué te parece, hija, te gusta? —afirmé con la cabeza acompañada de una sonrisa. 

 —Eso que sientes en tu corazón cada que pruebas esta bebida es tu abuela abrazándote, ha cumplido su misión de ayudarnos a trabajar con el maíz y ha partido en forma de atole para acompañarnos en cada sorbo de esta bebida. Ahora seremos nosotros los que enseñen a las personas a cosechar y conservar todo lo que ella nos compartió—.

 Al final mi abuela tenía razón, me convertí en una guardiana del maíz, ayudando a mi abuelo, siendo cada vez más fuerte y aprendiendo algo nuevo con relación a la siembra cada día. Así he podido compartir entre todas las personas del pueblo, el resultado del trabajo que hacíamos en colectivo. En las fiestas me encargo de hacer el atole que me enseñó mi abuela, y con cada sorbo puedo sentir como me abraza con el calor de su amor.

Alegría para el corazón

—¡Me estoy muriendo de hambre! —le dije a mi hermana mayor mientras nos dirigíamos a casa de mi abuela. Habíamos desayunado muy temprano y debíamos esperar hasta llegar a su casa para poder  comer, cuando no como me pongo de malas ¿a ti no te pasa?

Del otro lado de la calle se encontraba un señor con una canasta llena de dulces tradicionales, entre ellos unas barritas de amaranto, o mejor dicho, alegrías.

—¡Mira! ¿Por qué no me compras una? —le dije a mi hermana. Nos paramos a comprar tres alegrías y después continuamos nuestro camino bajo el sol.

—El otro día leí que los astronautas usan el amaranto como super alimento mientras están ¡en el espacio!, a que no lo sabías —comentó mi hermana un tanto presumida, le respondí que no.

 —¿Y sabes por qué? —preguntó.

 —¡Ya te dije que no! —le contesté un tanto desesperada y acalorada.

—Pues porque tienen nutrientes necesarios para que un ser humano pueda vivir fuera del planeta, pero eso tú no lo sabías porque sigues siendo una chiquilla. 

Cuando por fin llegamos con la abuela, fuimos recibidas con unas quesadillas con quelites.

—Que bueno que hay quesadillitas, esta niña se enoja cuando le da hambre —dijo mi hermana y luego interrumpí diciendo que veníamos hablando del amaranto, por lo que mi abue respondió:

 —Es buenísimo hija, yo lo comía mucho después de aliviarme de su madre y de sus tíos, me ayudaba a tener suficiente leche, siempre han sido bien comelones todos—. Comenzamos a reírnos todas mientras le ayudábamos a poner la mesa.

Cuando terminamos de comer, mi hermana sacó de su bolsa las barritas que habíamos comprado.

—Por cierto abue, compramos unas alegrías de postre —le dijo.

En realidad las alegrías son las favoritas de la abuela, así que su expresión se iluminó al ver el regalo.

—¿Ya les he dicho cómo se dice en náhuatl, amaranto? —preguntó mientras abría la envoltura de su barrita.

—¡No! —contestamos al mismo tiempo mi hermana y yo.

—Se dice huautli —dijo antes de dar la primera mordida a su postre tirando unas cuantas semillas en la mesa.

Veía a mi abuela tan contenta que sentí un calorcito en mi corazón.

—Me pregunto ¿porque le dirán alegrías?—, mi abuela me respondió, —yo me sé una historia que me contaron cuando era niña y que ha pasado de generación en generación. ¿Quieren que se las cuente o las voy a aburrir?—, por supuesto que mi hermana y yo quisimos escuchar, así que mi abuela comenzó.

Fuego, humo, aquel día todo era gris, la casa de adoración del dios azteca del sol y la guerra, Huitzilopochtli, se encontraba completamente en llamas, la gente corría, hombres y mujeres eran perseguidos por seres monstruosos con cuerpos mitad metal y mitad animal, lo peor es que una de sus extremidades escupía fuego y derramaban sangre sin el permiso de los dioses.

Desde el momento en que abrió los ojos aquella mañana, Huautli tuvo una extraña sensación en su pecho, como si algo terrible estuviera a punto de pasar, sin embargo no se detuvo mucho a pensar en ello, quizá aquella sensación se debía al mal sueño que acababa de tener.

Su ánimo cambió cuando recordó que aquella tarde, se daría un tiempo después de recoger la miel que necesitaba para poder preparar la comida con su madre y así poder ver a Tzoalli, un joven guerrero al cuál había conocido en la última veintena, una de las tantas fiestas que se hacían al año.

—No tardes tanto, Huauhtli —dijo su madre, —y no te comas antes la miel, que será necesaria para la preparación de nuestra ofrenda—, afirmando con la cabeza Huautli salió y una vez que tuvo la miel en sus manos se dirigió directamente al viejo encino, aquel gran árbol sagrado que se ubicaba justo en frente del adoratorio a Huitzilopochtli. Se sentó detrás del gran tronco y tomó unas buenas bocanadas de aire para poder calmar un poco esos nervios, que le causaba el calor que sentía en su corazón por aquel encuentro con el joven guerrero.

—¡Huautli! —escuchó a lo lejos y al voltear pudo ver aquel joven acercándose, pero su aspecto se veía alterado, algo cansado y sudado. —La profecía se ha cumplido pero no es como nos la habían dicho, han llegado unos seres con forma humana y sobre unas bestias, han comenzado a derramar sangre de nuestra gente, vienen para acá en este momento ¡debes irte Huautli!, ¡debes irte de aquí! —le decía aún muy agitado.

En aquel momento recordó su sueño y antes de poder contestar, se escuchó un tronido similar a un rayo sin que el cielo siquiera estuviera nublado. Tzoalli tomó de la mano a Huauhtli y corrieron en dirección al río para poder ocultarse. El sonido de los truenos continuaba y eran acompañados de gritos y llantos, además del calor que comenzaba a sentirse debido al fuego que se extendía en toda su aldea.

De pronto Tzoalli cayó al piso, al parecer uno de los truenos le había dado en un costado, Huautli lo acomodó sobre su espalda y caminó al río para poder buscar un refugio, esperando a que aquella masacre acabara pronto. Antes de que Tzoalli se desvaneciera, pasaron toda la noche ocultos,  haciéndose compañía.

Huauhtli cantó mientras veía cómo el espíritu de aquel joven partía al mundo de los muertos, el Mictlán. Una vez que sólo quedaba su cuerpo junto al de ella vació parte de la miel para volver a llenar su recipiente con aquel rojo carmín que salía de Tzoalli.

Poco antes del amanecer volvió cuidadosamente a su comunidad, ya no se escuchaban gritos, sólo risas graves que provenían de un grupo de seres de forma humana pero con cuerpos toscos y plateados. Sin que nadie la viera, se dirigió al que había sido su hogar y dentro de lo poco que ahí quedaba se posó en el piso y comenzó a mezclar las semillas de amaranto que habían sobrado de aquella catástrofe, con la miel carmín de Tzoalli creó una pasta con la que pudo formar la figura de aquel joven guerrero.

Después fue al viejo encino que continuaba emanando calor, ya sin sus hojas y sin el verde que  mostraba su gran vida y valor. Ahí entre las ruinas del adoratorio a Huitzilopochtli y los restos del encino, le pidió aquel dios que aceptara su ofrenda, esa pequeña figura de amaranto en forma de guerrero, a cambio de que aquel sabor persistiera a través de los años para dar fuerza a todos aquellos que poseyeran sangre indígena, y al mismo tiempo les causara alegría a los invasores para que pudieran llegar a vivir todos en paz como antes de aquella profecía.

—Pues creo que tu historia tenía razón, comer esta alegría mientras te escuchaba, me quitó el enojo y animó a mi corazón —le dije mientras saboreaba mi último bocado.

—Pancita llena, corazón contento —dijo mi abuela sonriendo. —Ahora lávense las manos, que vamos hacer unas ricas galletas de plátano con amaranto.

El pájaro Dziú salva el maíz

 Cuentan por ahí, que una mañana, Chaac, el Señor de la Lluvia, sintió deseos de pasear y quiso recorrer los campos de El Mayab. Chaac salió muy contento, seguro de que encontraría los cultivos fuertes y crecidos, pero apenas llegó a verlos, su sorpresa fue muy grande, pues se encontró con que las plantas estaban débiles y la tierra seca y gastada. Al darse cuenta de que las cosechas serían muy pobres, Chaac se preocupó mucho. Luego de pensar un rato, encontró una solución: quemar todos los cultivos, así la tierra recuperaría su riqueza y las nuevas siembras serían buenas.

Después de tomar esa decisión, Chaac le pidió a uno de sus sirvientes que llamara a todos los pájaros de El Mayab. El primero en llegar fue el dziú, un pájaro con plumas de colores y ojos cafés. Apenas se acomodaba en una rama cuando llegó a toda prisa el toh, un pájaro negro cuyo mayor atractivo era su larga cola llena de hermosas plumas. El toh se puso al frente, donde todos pudieran verlo.

Poco a poco se reunieron las demás aves, entonces Chaac les dijo:

—Las mandé llamar porque necesito hacerles un encargo tan importante, que de él depende la existencia de la vida. Muy pronto quemaré los campos y quiero que ustedes salven las semillas de todas las plantas, ya que esa es la única manera de sembrarlas de nuevo para que haya mejores cosechas en el futuro. Confío en ustedes; váyanse pronto, porque el fuego está por comenzar.

En cuanto Chaac terminó de hablar el pájaro dziú pensó:

—Voy a buscar la semilla del maíz; yo creo que es una de las más importantes para que haya vida.

Y mientras, el pájaro toh se dijo:

—Tengo que salvar la semilla del maíz, todos me van a tener envidia si la encuentro yo primero.

Así, los dos pájaros iban a salir casi al mismo tiempo, pero el toh vio al dziú y quiso adelantarse; entonces se atravesó en su camino y lo empujó para irse él primero. Al dziú no le importó y se fue con calma, pero muy decidido a lograr su objetivo.

El toh voló tan rápido, que en poco tiempo ya les llevaba mucha ventaja a sus compañeros. Ya casi llegaba a los campos, pero se sintió muy cansado y se dijo:

—Voy a descansar un rato. Al fin que ya voy a llegar y los demás todavía han de venir lejos.

Entonces, el toh se acostó en una vereda. Según él sólo iba a descansar mas se durmió sin querer, así que ni cuenta se dio de que ya empezaba a anochecer y menos de que su cola había quedado atravesada en el camino. El toh ya estaba bien dormido, cuando muchas aves que no podían volar pasaron por allí y como el pájaro no se veía en la oscuridad, le pisaron la cola.

Al sentir los pisotones, el toh despertó, y cuál sería su sorpresa al ver que en su cola sólo quedaba una pluma. Ni idea tenía de lo que había pasado, pero pensó en ir por la semilla del maíz para que las aves vieran su valor y no se fijaran en su cola pelona.

Mientras tanto, los demás pájaros ya habían llegado a los cultivos. La mayoría tomó la semilla que le quedaba más cerca, porque el incendio era muy intenso. Ya casi las habían salvado todas, sólo faltaba la del maíz. El dziú volaba desesperado en busca de los maizales, pero había tanto humo que no lograba verlos. En eso, llegó el toh, mas cuando vio las enormes llamas, se olvidó del maíz y decidió tomar una semilla que no ofreciera tanto peligro. Entonces, voló hasta la planta del tomate verde, donde el fuego aún no era muy intenso y salvó las semillas.

En cambio, al dziú no le importó que el fuego le quemara las alas; por fin halló los maizales, y con gran valentía, fue hasta ellos y tomó en su pico unos granos de maíz.

El toh no pudo menos que admirar la valentía del dziú y se acercó a felicitarlo. Entonces, los dos pájaros se dieron cuenta que habían cambiado: los ojos del toh ya no eran negros, sino verdes como el tomate que salvó, y al dziú le quedaron las alas grises y los ojos rojos, pues se acercó demasiado al fuego.

Chaac y las aves supieron reconocer la hazaña del dziú, por lo que se reunieron para buscar la manera de premiarlo. Y fue precisamente el toh, avergonzado por su conducta, quien propuso que se le diera al dziú un derecho especial:

—Ya que el dziú hizo algo por nosotros, ahora debemos hacer algo por él. Yo propongo que a partir de hoy, pueda poner sus huevos en el nido de cualquier pájaro y que prometamos cuidarlos como si fueran nuestros.

Las aves aceptaron y desde entonces, el dziú no se preocupa de hacer su hogar ni de cuidar a sus crías. Sólo grita su nombre cuando elige un nido y los pájaros miran si acaso fue el suyo el escogido, dispuestos a cumplir su promesa.

Itzelina y los rayos del sol

Itzelina Bellas Chapas era una niña muy curiosa que se levantó temprano una mañana con la firme intención de atrapar, para ella sola, todos los rayos del sol.
Una ardilla voladora que brincaba entre árbol y árbol le gritaba desde lo alto:
- ¿A dónde vas, Itzelina?
Y la niña respondió:
- Voy a la alta montaña, a pescar con mi malla de hilos todos los rayos del sol y así tenerlos para mí solita.
- No seas mala, bella Itzelina - le dijo la ardilla - Deja algunos pocos para que me iluminen el camino y yo pueda encontrar mi alimento.
- Está bien, amiga ardilla - le contestó Itzelina -, no te preocupes. Tendrás como todos los días rayos del sol para ti.
Siguió caminando Itzelina, pensando en los rayos del sol, cuando un inmenso árbol le preguntó:
- ¿Por qué vas tan contenta, Itzelina?
- Voy a la alta montaña, a pescar con mi malla de hilos todos los rayos del sol y así tenerlos para mí solita, y poder compartir algunos con mi amiga, la ardilla voladora.
El árbol, muy triste, le dijo:
- También yo te pido que compartas conmigo un poco de sol, porque con sus rayos seguiré creciendo, y más pajaritos podrán vivir en mis ramas.
- Claro que sí, amigo árbol, no estés triste. También guardaré unos rayos de sol para ti.
Itzelina empezó a caminar más rápido, porque llegaba la hora en la que el sol se levantaba y ella quería estar a tiempo para atrapar los primeros rayos que lanzara. Pasaba por un corral cuando un gallo que estaba parado sobre la cerca le saludó:
- Hola, bella Itzelina. ¿Dónde vas con tanta prisa?
- Voy a la alta montaña, a pescar con mi malla de hilos todos los rayos del sol y así poder compartir algunos con mi amiga la ardilla voladora, para que encuentre su alimento; y con mi amigo el árbol, para que siga creciendo y le dé hospedaje a muchos pajaritos.
- Yo también te pido algunos rayos de sol para que pueda saber en las mañanas a qué hora debo cantar para que los adultos lleguen temprano al trabajo y los niños no vayan tarde a la escuela.
- Claro que sí, amigo gallo, también a ti te daré algunos rayos de sol ? le contestó Itzelina.
Itzelina siguió caminando, pensando en lo importante que eran los rayos del sol para las ardillas y para los pájaros; para las plantas y para los hombres; para los gallos y para los niños.
Entendió que si algo le sirve a todos, no es correcto que una persona lo quiera guardar para ella solita, porque eso es egoísmo. Llegó a la alta montaña, dejó su malla de hilos a un lado y se sentó a esperar al sol.
Ahí, sentadita y sin moverse, le dio los buenos días, viendo como lentamente los árboles, los animales, las casas, los lagos y los niños se iluminaban y se llenaban de colores gracias a los rayos del sol.

Toros del rodeo

El General, tan aficionado a los toros como era, y no conforme con dominar el medio taurino, tener su plaza y jugar con los toreros como si fueran soldaditos, no podía dejar de ambicionar una ganadería de reses bravas. Mediante ventas obligadas y regalos obligados, la fundó.

Pasó un tiempo y así pudo ir viendo desarrollarse a sus "bravos". Todo era halagos de amigos y empresarios.

-¡Qué estampa!

-¡Qué finos!

-Estos serán los Miuras Mexicanos.

-No habrá quién se les ponga enfrente.

El General, henchido, les decía:

-Vengan nada más. Échenle un vistazo a estas notas de tienta. Ya verán cuando los presente.

Por fin llegó el día del anhelado debut de la ganadería; el público, que odiaba a tirano, llenaba los graderíos, con la secreta esperanza de que fracasara la mentada ganadería, y desquitarse en la plaza, en parte, de lo que no podía hacer fuera de ella.

Sonó el clarín, dando entrada al primero de la tarde. Anhelante. Babeó las tablas y paróse. El "Tabaco" salió a correrlo; el toro, apenas le vio venir, huyó como asustada oveja a refugiarse al otro lado del ruedo; persiguióle y el animal corrió despavorido por toda la plaza.

La gente pateaba de gusto; iban resultando las cosas tal como se lo desea.

El matador, para evitarse futuras represalias, hizo lo posible por sujetarlo. Nada. Manso perdido. La rechifla iba en aumento. Los caballos salieron a perseguirlo y, tras enormes esfuerzos, alancearon al animal, cercado contra las tablas y tapándole la salida.

El Juez suspiró, había tomado una vara. Según el reglamento, no tenía que devolverlo. ¿Quién se hubiera atrevido a devolver al corral, por manso, a un toro del General? Este, molesto masticaba su puro.

-Quién sabe qué pasó. A lo mejor algo le hicieron.

-O sus enemigos lo enyerbaron, mi General.

Un pistolero habló:

-Yo no me he movido de la corraleta en toda la noche.

-Ahorita con las varas va a aflorarle el buen estilo, mi General. No se preocupe.

El buey, con pinta de toro bravo, fue despachado por el matador en turno, de la mejor manera posible, para no desagradar al General.

El segundo, igual. El tercero, devuelto al corral; el "sobrero", brincó la barrera cuatro a cinco veces. El cuarto, no hubo quien lo moviera de la puerta de toriles, donde se aculó.

La gente gozaba de lo lindo. Le mentaba la madre al General, al Juez de Plaza, a los peones, a la Empresa. El ruedo parecía un muladar con la enorme cantidad de basura y objetos que el público había arrojado. En las alturas, las fogatas lanzaban siniestros reflejos.

En el palco del General, no se oía un ruido. A sus allegados ya les dolían las nalgas de las duras sillas, pero no osaban moverse. Las gargantas resecas, pero nadie se atrevía a pedir una cerveza o un coñac; un detallo así podía desencadenar la ira irrefrenable del General, que miraba impertérrito lo que sucedía en la arena, mientras pensaba en quién hacer recaer la culpa del ridículo que estaba sufriendo.

-Ahora van a ver, este es mi gallo ?masculló, lívido de coraje.

Quinto de la tarde. Una pinta imponente, corniabierto, negro listón, respondía al nombre de "Jabato", pero era manso de solemnidad. No tomó ni un capotazo; los caballos le perseguían como si se tratara de un torneo. No se le pudo picar. Hozó las basuras y, finalmente, se echó con placidez a media plaza.

El público, enloquecido, se lanzó al ruedo. El bovino ni caso hacía; lo coleaban, le pateaban; ni siquiera se defendía; cuando mucho, emprendía un trotecillo.

En la penumbra del palco del General, este estaba a punto del paroxismo del coraje. Eso se lo estaban haciendo a él, a él?

-¿Dónde está Julián? ?, gritó.

-Aquí, mi jefe.

-Que entre la policía al ruedo y me saque a toda esa cabrona chusma a culatazos. Tú, Pepe, vas por el Juez y te lo llevas a encerrar; de paso le dan una "calentadita", él tiene la culpa de todo.

-Sí, mi General.

El mayoral se escurrió por el callejón; por menos lo mataba el General.

En ese mismo instante, "la Porra", un grupo de aficionados de la peor ralea, abría una canasta que parecía contener comida; envuelta en un blanco mantel con palomitas bordadas, aparecía una lata de gasolina de cinco litros.

-Como les dije, muchachos. A ti te toca.

-Bajas, negro.

Cuando la policía, en medio de una lluvia de almohadillas y vasos conteniendo orines, intentaba despejar el ruedo a macanazos y golpes de máuser, se oyó un crepitar. Como una aparición demoníaca, vióse venir un enorme toro en llamas, que embestía, corneaba y daba coces. Los ojos, aún con vista, buscaban en quien descargar su furia y dolor. Esbirros y chusma corrían despavoridos, lanzándose de cabeza a las tablas.

Se va contra la barrera, estrellándose en ella con inaudita fuerza, se astilla en los pitones y continúa corneando, levantando las tablas. Siente que por allí no hay salida y corretea por el ruedo, mugiendo lúgubremente, seguido por el chisporroteo y un espantoso olor a fritangas.

La canalla ha tomado coraje otra vez y le arrojan las tablas de la barrera y botellas.

La sanguinolenta masa de fuego corre de lado, para atrás, gira, se retuerce y el humo que exhala parece que le diera propulsión.

Ciego ya, se estrella una y otra vez contra la puerta del toril, tratando de escapar a su horrible suerte. Cornea desesperado, rompiéndose los cuernos hasta las cepas y, aun así, sigue golpeando con la testa, con la esperanza de huir. De los orificios de los cuernos mana abundante sangre, que ahuyenta las llamas que salen del testuz.

Algunos hacían por no ver, pero veían las grandes úlceras humeantes del toro asado vivo; en enormes trechos la piel había desparecido, mientras los tejidos, tendones y músculos palpitaban y se requemaban.

La multitud le sigue a respetuosa distancia en enorme algarabía. Dobla y hace un esfuerzo por levantarse. No puede más.

De pronto, se oye una reventazón: vuelan tripas y masas musculares por todos lados. La gente que lo rodeaba corre sacudiéndose la ropa y gritando de gusto.

-¡Órale! Un taco de barbacoa.

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